Víctor CODINA SJ
I. Un verdadero Pentecostés
El deseo y oraciones de Juan XXIII pidiendo que el Vaticano II fuera un Pentecostés para la Iglesia, fue ampliamente escuchado por el Señor. El Vaticano II fue una auténtica irrupción del Espíritu sobre la Iglesia, un acontecimiento salvífico, un kairós. Hay un “antes” un “después” del Vaticano II.
Este tema ha sido tan ampliamente estudiado[1] que bastará recordar las líneas fundamentales del cambio producido en el Concilio:
-de la Iglesia de Cristiandad, típica del Segundo milenio, centrada en el poder y la jerarquía, se pasa a la Iglesia del Tercer milenio que recupera la eclesiología de comunión típica del Primer milenio y al mismo tiempo se abre a los nuevos signos de los tiempos (GS 4; 11; 44);
-de una eclesiología centrada en sí misma, se abre a una Iglesia orientada al Reino;
-de una Iglesia sociedad perfecta se pasa a una Iglesia misterio, radicada en la Trinidad (LG I);
-de una eclesiología exclusivamente cristocéntrica (¡incluso cristomonista!) se pasa a una Iglesia que vive tanto bajo el principio cristológico como bajo el principio pneumático del Espíritu (LG 4);
-de una Iglesia centralista a una Iglesia corresponsable y sinodal que respeta las Iglesias locales;
-de una Iglesia identificada con la jerarquía a una Iglesia toda ella Pueblo de Dios con diversos carismas (LG II);
-de una Iglesia triunfalista que parece haber llegado a la gloria a una Iglesia que camina en la historia hacia la escatología y se llena del polvo del camino (LG VII);
-de una Iglesia señora y dominadora, madre y maestra universal a una Iglesia servidora de todos y en especial de los pobres;
-de una Iglesia comprometida con el poder a una Iglesia solidaria con los pobres;
-de una Iglesia arca de salvación a una Iglesia sacramento de salvación, en diálogo con las otras Iglesias y las otras religiones de la humanidad, en pleno reconocimiento de la libertad religiosa (DH).
En este sentido se ha dicho que el Vaticano II, y concretamente la constitución Lumen Gentium, ha sido un Concilio de transición, entendida esta transición como el paso de una eclesiología tradicional a otra renovada[2]. Para algunos es el paso del anatema al diálogo (R. Garaudy), un verdaderoaggiornamento de la Iglesia; para otros, seguramente excesivamente optimistas, el requiem del constantinismo…
II. Y sin embargo…
Sin entrar aquí y ahora en lo que ha sucedido en el inmediato y posterior postconcilio, ya el mismo Vaticano II presenta una serie de déficits que lastrarán sus elementos positivos y los ensombrecerán.
Además de que el Vaticano II tuvo que acceder a admitir una serie de enmiendas ( o modos) de los grupos más conservadores, que hacen que su eclesiología contenga una cierta ambigua dualidad entre el acento jurídico de la eclesiología tradicional y la afirmación de la eclesiología de comunión ( como Acerbi ha señalado), el Concilio no trata y guarda silencio sobre temas ya entonces candentes: el celibato sacerdotal y la carencia de ministros ordenados, el papel de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, la participación de los seglares en la responsabilidad ministerial, la sexualidad, la disciplina del matrimonio, la forma de elegir a los obispos, el estatuto eclesiológico de los obispos auxiliares, de los nuncios y cardenales, la función de la curia romana, la relación entre democracia y valores, entre leyes civiles y morales, la relación con las Iglesias orientales separadas de Roma…
Estas lagunas han hecho que la magnífica eclesiología de comunión del Vaticano II en la práctica haya quedado muchas veces a mitad de camino por falta de mediaciones eclesiales concretas para llevarlas a la práctica. Muchos de estos temas se convertirán en el postconcilio, sobre todo en tiempo de Pablo VI, en cuestiones no sólo candentes sino conflictivas. Pensemos, por ejemplo, en la polémica surgida en torno a la Humanae Vitae.
III. Invierno eclesial
Añadamos a lo anterior que el Vaticano II, luego de quince siglos de constatinismo eclesial, produjo muchas reacciones y exageraciones en el seno de la Iglesia. Desde la sociología y en concreto desde la sociología religiosa esto no debería extrañarnos: una gran masa de fieles no cambia rápidamente de sus modos de pensar y de actuar.
Algunos sectores muy conservadores se resistieron a aceptar el Vaticano II, creyeron que la Iglesia doblaba sus rodillas ante la Modernidad (Maritain, Bouyer…). Mucho peor y más intransigente fue la postura del Mons, Marcel Lefebvre que acabó formando un grupo disidente (Fraternidad de Pío X) que fueron finalmente excomulgados por Juan Pablo II (1988) al proceder Lefebvre a nombrar sus propios obispos.
La cuestión litúrgica (el deseo de volver a la liturgia latina de Pío V), no fue lo más importante: en el fondo había un rechazo frontal del Vaticano II al que se acusaba de protestantismo y modernismo. Conocemos toda la evolución que ha ido teniendo este grupo hasta nuestros días y los difíciles caminos de reconciliación. Si para algunos de ellos el Vaticano II fue una auténtica cloaca, ¿cómo poder dialogar con ellos?…
Estas posturas críticas estaban también influidas por la deficiente hermenéutica y recepción del Concilio por otros grupos opuestos. Hubo de parte de algunos sectores de la Iglesia una interpretación excesivamente libre y alegre del Vaticano II, lo cual produjo excesos, abusos y exageraciones en terrenos dogmáticos, litúrgicos, morales, ecuménicos… y lo que fue más doloroso, el abandono del ministerio por parte de muchos sacerdotes y de la vida consagrada por parte de muchos religiosos y religiosas.
A esto se sumó un descenso de la práctica dominical y sacramental, los divorcios, el aumento de indiferencia religiosa, el descenso entre las vocaciones sacerdotales y religiosas, un ambiente muy secularizado y crítico frente a la Iglesia…
Esto explica el hecho de que dentro de personas muy responsables y representativas de la Iglesia se hiciera una crítica si no del Vaticano II, sí ciertamente de su aplicación. Aquí hay que señalar la entrevista que tuvo el Cardenal Josef Ratzinger, Prefecto de la Congregación de la Fe, con el periodista italiano Vittorio Messori[3]. Ratzinger no crítica al Concilio sino al anti-espíritu del Concilio que se ha introducido en la Iglesia, fruto de los embates de la modernidad y de la revolución cultural sobre de Occidente.
No defiende una vuelta atrás sino una restauración eclesial, una vuelta a los auténticos textos conciliares para buscar un nuevo equilibrio y recuperar la unidad y la integridad de la vida de la Iglesia y de su relación con Cristo. No se siente muy inclinado a resaltar la historicidad de la Iglesia, ni los signos de los tiempos, ni el concepto de Pueblo de Dios, ni a apoyar las conferencias episcopales, que le parece que asfixian el papel del obispo local. Cree que los últimos veinte años después del Concilio han sido desfavorables para la Iglesia y opuestos a las expectativas de Juan XXIII.
Ni la teología liberadora de América Latina, ni las religiones no cristianas, ni el movimiento feminista gozan de su simpatía. El tono del diálogo es más bien pesimista y sombrío, mientras para él un rayo luminoso de esperanza lo constituyen los nuevos movimientos laicales y carismáticos[4]…
Frente a esta postura crítica de Ratzinger sobre el postconcilio, el cardenal de Viena, Franz König, que jugó un papel muy importante en el Vaticano II, escribió un libro, Iglesia, ¿adónde vas?[5], en el que afirma que la minoría conciliar veía el concilio como una amenaza y utilizó todo su poder para vaciarlo de contendido. Para König, la Iglesia de hoy, sin el Vaticano II habría sido una catástrofe y mira con sospecha los intentos actuales de restauración eclesial.
El Sínodo de obispos de 1985 convocado por Juan Pablo II defendió la identidad del Vaticano II frente a sus impugnadores, sin embargo sustituyó el concepto de Pueblo de Dios por del Iglesia Cuerpo de Cristo, reforzó la importancia de la santidad y de la cruz en la iglesia (seguramente creyendo queGaudium et Spes era demasiado optimista y humanista), cambió la palabra pluralismo por la de pluriformidad, e intentó leer Gaudium et Spes desdeLumen Gentium y no al revés.
Se ha dicho que la minoría conciliar que fue “derrotada” por el Vaticano II, poco a poco ha ido enarbolando la interpretación y conducción del Vaticano II. Lentamente hemos ido pasando de la primavera al invierno conciliar (K. Rahner), a una vuelta a la gran disciplina (J.B. Libânio), a una restauración eclesial (J.C. Zízola), a una noche oscura eclesial (J.I. González Faus). A la revista Concilium, liderada por los grandes teólogos conciliares, se le añade en 1972 la revista Communio, inspirada por H.U. von Balthasar con una línea teológica diferente. Von Balthasar parece ser la gran figura teológica del post-Concilio, como lo fue Rahner del Concilio. Algo está cambiando.
Muchos de los documentos del magisterio que se han ido produciendo en tiempo de Juan Pablo II en estos últimos años, como Apostolos suos (1998) sobre las conferencias episcopales, Communionis notio (1992) sobre las Iglesias locales, la Instrucción sobre la colaboración de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes (1987), la Instrucción Dominus Iesus (2000) sobre el diálogo inter-religioso, marcan un claro retroceso respecto a la inspiración más profunda del Vaticano II.
A casi 50 años de la clausura del Concilio, algunos se preguntan si en el Concilio realmente sucedió algo[6]. Frente a esta postura un tanto crítica y dubitativa, los estudios históricos dirigidos por G. Alberigo[7] han demostrado fehacientemente que el Vaticano II fue un verdadero “acontecimiento”. Pero no han faltado reacciones en contra, como la de Mons. A. Marchetto, para quien el Vaticano II no opera ninguna ruptura con el pasado, sino que es preferible hablar de continuidad[8]. El mismo Benedicto XVI prefiere hablar de reforma sin ruptura[9].
IV. Cambio de acentos
Pero si dejamos un tanto de lado las diversas hermenéuticas y aplicaciones del Vaticano II, para fijarnos en el nuevo contexto socio-eclesial que hoy vivimos, constataremos que ha habido como un corrimiento de acentos y de interés en la apreciación y actualidad de los mismos documentos conciliares.
Para poner algún ejemplo, si la eclesiología del Vaticano II estuvo centrada en Lumen Gentium en una Iglesia ya constituida, hoy día vemos que el decretoAd Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia recobra mayor actualidad y urgencia, y esto no sólo para los llamados “países de misión” sino también y quizás sobre todo para los mismos países de tradición católica, convertidos hoy en verdaderos países de misión, donde es necesaria una nueva evangelización.
El ecumenismo conciliar, expresado sobre todo en el decreto Unitatis Redintegratio, parece quedar un tanto desplazado ante la actualidad del diálogo inter-religioso que el mismo Vaticano II propició en su decreto Nostra Aetate. ¿Qué sentido y urgencia tienen las discusiones domésticas entre cristianos ortodoxos, evangélicos y anglicanos, cuando el grave problema es la relación con las grandes mayorías no cristianas?
Toda la problemática ecuménica, evidentemente no desaparece, pero queda como en un segundo lugar ante los problemas religiosos y políticos del diálogo con el Islam, Hinduismo, Budismo, Judaísmo y las religiones originarias, lo que algunos llaman macro-ecumenismo, aunque a otros disgusta este nombre.
Para poner otro ejemplo intra-eclesial, las discusiones en torno a la Nota previa introducida un tanto misteriosamente al final de la Lumen Gentium sobre la relación entre primado y colegialidad episcopal, quedan hoy muy relativizadas y como desplazadas ante el pedido del mismo Juan Pablo II en su encíclica Ut Unum Sint (1995) de que dirigentes y teólogos de las diferentes Iglesias y comunidades cristianas le ayuden a reformular el ejercicio del primado petrino hoy, para que, sin renunciar a su misión de servicio a la comunión, deje de constituir un obstáculo (¿el principal?) para la unión de los cristianos.
¿Qué está sucediendo? ¿Cómo interpretar estos cambios que afectan al mismo ser eclesial?
V. Entre el caos y el kairós.
Más allá de las buenas o males voluntades, más allá de las diferentes ideologías en torno al Vaticano II, hay que reconocer que hoy estamos ante un cambio de época, estamos entrando en una crisis de cultura mundial, no precisamente destructiva, pero sí de proporciones inéditas.
Antropólogos, sociólogos, filósofos e historiadores reconocen que vivimos una situación nueva, una especie de tsunami y de terremoto global, que afectan a todas las dimensiones de nuestra existencia: sociales, económicas, políticas, culturales y también religiosas y espirituales. La generalización y aceleración de las comunicaciones, la globalización de flujos energéticos y de los recursos, la movilidad de las personas, el impacto creciente e inesperado de la ciencia, la amenaza de la degradación del planeta, nos producen la impresión de caos generalizado.
Si hace algunos años todavía se soñaba en el Estado de bienestar, actualmente todo el mundo vive en una atmósfera de inseguridad, de incertidumbre y precariedad. La llamada “época axial” o el “tiempo eje” que desde el 900 a. C. hasta el 200 a. C. configuró la sabiduría y cosmovisión religiosa de China (Confucio), India (Buda), Grecia (Sócrates) e Israel (Isaías, Jeremías y los profetas)[10], hoy ha entrado en una profunda crisis y se necesita elaborar un “segundo tiempo axial” (K. Jaspers).
Todo esto naturalmente afecta a nuestra conciencia religiosa y eclesial. J.B. Metz ha formulado en una especie de sorites los cambios que vivimos a nivel religioso y eclesial. Frente a una época de pertenencia pacífica en la Iglesia hoy hemos ido pasando primero a afirmar “Cristo sí, Iglesia no”, para luego ir avanzando a “Dios sí, Cristo, no” y más adelante “religión sí, Dios, no”, para acabar diciendo “espiritualidad sí, religión no”.
En este clima caótico de cambio e incertidumbre generalizada, la problemática del Vaticano II ha quedado de algún modo desplazada o incluso superada. Ya no tiene mucho sentido seguir discutiendo sobre ritos litúrgicos, la curia vaticana, la disminución de la práctica dominical, el control de natalidad, la comunión a los divorciados o las parejas homosexuales…Los problemas son mucho más radicales y de fondo.
Las generaciones jóvenes son las que más lo perciben y sufren.
El Vaticano II fue un concilio fuertemente eclesiológico, centrado en la Lumen Gentium y en la Gaudium et Spes. Respondía a la pregunta que Pablo VI había lanzado a los padres conciliares: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?”. Todos los demás documentos giran en torno a la Iglesia o convergen en ella: revelación, liturgia, laicado, Pueblo de Dios, jerarquía, vida religiosa, ecumenismo, diálogo con el mundo moderno etc.
Pero pocos años después del Vaticano II, el mismo Pablo VI, en una semana social de Francia cambió la pregunta del Concilio y la convirtió en esta otra: “Iglesia, ¿qué dices de Dios?”
El teólogo y cardenal Walter Kasper reconoce que el Vaticano II se limitó demasiado a la Iglesia y a las mediaciones eclesiales y descuidó de atender al verdadero y auténtico contenido de la fe, a Dios[11].
Y Rahner llegó a afirmar que el concilio Vaticano I había sido más audaz que el Vaticano II al haberse atrevido a tratar la cuestión del misterio inefable de Dios. Y escribió:
“El futuro no preguntará a la Iglesia por la estructura más exacta y bella de la liturgia, ni tampoco por las doctrinas teológicas controvertidas que distinguen la doctrina católica de los cristianos no católicos, ni por un régimen más o menos ideal de la curia romana. Preguntará si la Iglesia puede atestiguar la proximidad orientadora del misterio inefable que llamamos Dios. (…) Y por esta razón, las respuestas y soluciones del pasado Concilio no podrían ser sino un comienzo muy remoto del quehacer de la Iglesia del futuro”[12].
La Iglesia ha de concentrarse en lo esencial, volver a Jesús y al evangelio, iniciar una mistagogía que lleve a una experiencia espiritual de Dios, es tiempo de espiritualidad y de mística. Y también de profecía frente al mundo de los pobres y excluidos que son la mayor parte de la humanidad, y frente a la tierra, la madre tierra, que está seriamente amenazada. Mística y profecía son inseparables. La Iglesia ha de generar esperanza y sentido a un mundo abocado a la muerte.
No es tiempo de retoques parciales, estamos en un tiempo que recuerda al que precedió inmediatamente a la Reforma. Hay que ir a lo esencial. Y no engañarnos, no caer en la vieja tentación de tocar violines mientras el Titánic se hunde…
En este clima de perplejidad y de crisis universal, los cristianos afirmamos que en medio de este caos, está presente la Ruaj, el Espíritu que se cernía sobre el caos inicial para generar la vida, el mismo Espíritu que engendró a Jesús de Maria Virgen y lo resucitó de entre los muertos. Del caos puede surgir un tiempo de gracia, un kairós, una Iglesia renovada, nazarena, más pobre y evangélica.
Algunas voces postulan un nuevo concilio, pero en este caso no debería ser un Vaticano III, sino un Jerusalén II…
[1] Me permito remitir a mi libro, Para comprender la eclesiología desde América Latina, Estella. España, 2008, nueva edición actualizada.
[2] A.J. de Almeida, Lumen Gentium. A transiçâo necessária, Sâo Paulo 2005.
[3] V. Messori / J. Ratzinger, Informe sobre la fe, Madrid 1985.
[4] Para comprender el pensamiento teológico de J. Ratzinger puede ayudar el texto de J. Martínez Gordo, La cristología de Josef Ratzinger-Benedicto XVI. A la luz de su biografía teológica, Cuadernos Cristianismo i Justicia nº 158, Barcelona 2008.
[5] K. König, Iglesia, ¿adónde vas?, Santander 1986.
[6] D.G. Schultenhover (ed.), Vatican II, Did Anything Happen?, New York 2007.
[7]G. Alberigo (ed.), Historia del Concilio Vaticano II, I-V, Salamanca 1999-2008.
[8] A. Marchetto, El Concilio Ecuménico Vaticano II. Contrapunto para su historia, Valencia 2008. Véase S. Madrigal, El “aggiornamento”, clave teológica para la interpretación del Concilio. Sal Terrae (febrero 2010) 111-127.
[9] Benedicto XVI, Discurso de felicitación de Navidad a la curia romana, 2005.
[10] K. Armstrong, La gran transformación, Barcelona 2007.
[11] W. Kasper, El desafío permanente del Vaticano II, en Teología e Iglesia, Barcelona 1989, p 414.
[12] K. Rahner, El Concilio, nuevo comienzo, Barcelona 1966, p 22.
Fuente: www.servicioskoinonia.org
IGLESIA PUEBLO DE DIOS
lunes 20 de febrero de 2012
sábado 26 de noviembre de 2011
La casa de Jesús
Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de Los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no le tengan entre ellos.
Por eso, una vez más les descubre su inquietud: «Mirad, vivid despiertos». Después, dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi desapercibida entre los cristianos.
«Un señor se fue de viaje y dejó su casa». Pero, antes de ausentarse, «confió a cada uno de sus criados su tarea». Al despedirse, sólo les insistió en una cosa: «Vigilad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa». Que cuando venga, no os encuentre dormidos.
El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será "la casa de Jesús" que sustituirá a "la casa de Israel". En ella todos son servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús el Cristo. No lo olvidarán jamás.
En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos son necesarios. Todos tienen alguna misión confiada por él. Todos están llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús al que han conocido siempre dedicado a servir al reino de Dios.
Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos?. ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos?. ¿Lo seguirán por el camino abierto por él?. Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso, les insiste hasta tres veces: «vivid despiertos". No es una recomendación a los cuatro discípulos que lo están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: «Lo que os digo a vosotros, os lo digo a todos: velad».
El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia es seguramente la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús sólo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial.
Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre "los que mandan" y "los que obedecen". Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad.
José Antonio Pagola
Publicado en 24.11.11
Católico Libre
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PUEBLO DE DIOS
viernes 11 de noviembre de 2011
EVANGELIZACIÓN SÍ !! RESTAURACIÓN NO !! Parte 1
UNA EVANGELIZACION PARA LA CONSTRUCCION
DE UNA NUEVA SOCIEDAD
Forum Internacional de Jóvenes - Argentina
Buenos Aires, 9 de abril de 1987.
"Les escribo a ustedes, jóvenes, porque ustedes son fuertes,
y la Palabra de Dios permanece en ustedes,
y ustedes han vencido al Maligno" (1 Jn.2,14).
Nos encontramos evidentemente, frente a una juventud nueva: más profunda, reflexiva y orante, más sensible a los problemas de la libertad y la justicia, más deseosa de participar en la vida de la Iglesia y en la construcción de la sociedad. Una juventud que quiere comprometerse en una "nueva evangelización", con plena fidelidad a Jesucristo y al hombre. La celebración de la Jornada Mundial en Buenos Aires -en un continente de cruz y de esperanza, como es América Latina- presenta a los jóvenes un triple desafío: a su oración, a su esperanza, a su amor. Para ello trataremos de reflexionar juntos, a la luz del Evangelio, y de hacer de nuestra vida una opción fundamental por Jesucristo y su Evangelio.
Comenzamos por recordar y asumir dos textos del Evangelio: el primero relativo a Jesús, el segundo a la responsabilidad evangelizadora que recibimos, como Iglesia, de Jesús:
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc.4,18- 19).
Una contemplación sobre Jesús -sobre su Persona, su Palabra y su Obra redentora- nos revela que "Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena" (E.N. 7). Todo en Jesús - su Encarnación, sus milagros, sus enseñanzas, su misterio pascual- "forman parte de su actividad evangelizadora" (E.N. 6).
Esto nos enseña ya una cosa fundamental: que la evangelización no es una actividad provisoria, circunstancial o parcial de nuestra vida. Todo en nosotros -nuestra adoración y nuestro servicio, nuestra ocupación cotidiana y nuestro trabajo apostólico, nuestra alegría y nuestro sufrimiento- es esencialmente evangelizador. Somos o no somos evangelizadores; como somos o no somos cristianos. Esto es importante tenerlo presente ahora cuando el Papa Juan Pablo II nos està impulsando fuertemente a una "nueva evangelización". En realidad, nos está invitando urgentemente a ser cristianos: a dejarnos evangelizar, a dejarnos convertir, a comprometernos más seriamente con Jesucristo y los hermanos.
Pero el texto que hemos citado nos habla, además, de tres realidades que se dieron en Jesús y que tienen que darse en nosotros si queremos heredar de veras, como Iglesia, la misión evangelizadora de Jesús: el Espíritu Santo, la Buena Noticia, los pobres.
- El Espíritu Santo que consagra por la unción. Lo hemos recibido por el Bautismo y la Confirmación (los Obispos, los presbíteros, los diáconos lo hemos recibido, además, por el Orden). Es el Espíritu de la santidad y de la evangelización, de la palabra y del testimonio. "Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos" (Hechos 1,8). Es el Espíritu que nos introduce en la Palabra que hemos de anunciar y en el corazón del hombre destinatario de nuestra evangelización.
-La Buena Noticia: es la proclamación del Reino, con sus exigencias de conversión (cfr. Mc.1,15), es el anuncio de la alegría de la salvación. Para nosotros, es el anuncio de Jesucristo "el Salvador del mundo" (Jn.4,42), Jesucristo Camino, Verdad y Vida, Jesucristo muerto y resucitado, Jesucristo "crucificado: fuerza y sabiduría de Dios" (1 Cor.1,23-24).
-Los pobres (los cautivos, los ciegos, los oprimidos): son los primeros destinatarios del Evangelio de Jesús; porque son los más disponibles para recibir el don de la Buena Noticia y acoger en su corazón el Reino (cfr. Mt.5,3). Así se identificó Jesús ante los dos discípulos de Juan enviados para saber si era él quien había de venir o deberían esperar a otro: "Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres" (Lc. 7,22).
El compromiso liberador de Jesús con los pobres y todos los que sufren es el signo más evidente de su misión evangelizadora. Lo debe ser, también, para nosotros. Pero volveremos más tarde sobre este punto. Entre tanto anotemos que no puede haber "nueva evangelización" , sin una nueva efusión del Espíritu Santo que nos ayude a penetrar sabrosa y contemplativamente la Palabra de Dios y simultáneamente nos dé una honda capacidad para descubrir y servir a Cristo en los pobres. El Espíritu Santo, la Buena Noticia, los pobres: son tres elementos claves para una "nueva evangelización".
El Segundo texto evangélico se refiere a nuestra esencial misión evangelizadora, como Iglesia, que recibimos de Jesús el primer evangelizador:
"Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación" (Mc.16,16).
El texto paralelo de Mateo completa: "Yo estaré siempre con ustedes hasta el final del mundo" (Mt.28,18-20). Como queriendo decir: "Yo soy siempre el mismo, el principio y el fin; no tengan miedo, pero ustedes vayan renovando, de acuerdo a los tiempos nuevos, mi invariable mensaje de salvación.
La orden dada por Jesús a los Doce "vale, también, aunque de manera diversa, para todos los cristianos. Por esto Pedro los define "pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable" (E.N. 13). La misión esencial de la Iglesia es la de la evangelización. "Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar" (E.N.14)
Esto es importante subrayarlo hoy en que se quiere animar y promover la participación de los fieles laicos en la misión global evangelizadora de la Iglesia. Cuando hablo de la "misión global" evangelizadora de la Iglesia, con respecto a los laicos, me refiero a la unidad indisoluble de estas dos tareas de los laicos: construir la comunidad cristiana y edificar la ciudad de los hombres.
El último Sínodo extraordinario insiste en la urgencia de esta misión evangelizadora de la Iglesia: "La evangelización es la primera función no sólo de los Obispos, sino también de los presbíteros y diáconos, más aún de todos los fieles cristianos... Se requiere, por tanto, un nuevo esfuerzo en la evangelización y en la catequesis integral y sistemática" (R.F. II,B,a,2).
Tal como se formula el título de la ponencia -"Una nueva evangelización para la construcción de una nueva sociedad"- nos sugiere tres observaciones previas:
a.- que se trata de anunciar de nuevo a Jesucristo y Jesucristo crucificado a los hombres de hoy;
b.- que este anuncio de Jesús tiende a la conversión del hombre (llegar a crear "el hombre nuevo") para la construcción de una nueva sociedad;
c.- que no se trata de volver a una "nueva cristiandad" sino de procurar que el fermento del Evangelio penetre en todas las culturas, las asuma en su propia identidad y logre formar con todos los pueblos una nueva civilización de la verdad y del amor. Se trata de "proponer una nueva síntesis creativa entre Evangelio y vida" (Juan Pablo II, 11/10/85).
I.- Una nueva Evangelización
El Papa Juan Pablo II la propone constantemente con particular urgencia. Habla de una "nueva evangelización" o de una "evangelización renovada". A los Obispos del CELAM en Haití les dice: "La conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como Obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Y más adelante, cuando explica algunos "presupuestos fundamentales para la nueva evangelización", habla así: "El segundo aspecto mira a los laicos. No solamente la carencia de sacerdotes, sino también y sobre todo la autocomprensión de la Iglesia en América Latina, a la luz del Vaticano II y de Puebla, hablan con fuerza sobre el lugar de los laicos en la Iglesia y en la sociedad. El aproximarse del 500 aniversario de vuestra evangelización debe encontrar a los obispos, juntamente con sus Iglesias, empeñados en formar un número creciente de laicos prontos a colaborar eficazmente en la obra evangelizadora" (Juan Pablo II, 9/3/1983).
Quizás los dos discursos principales del Santo Padre sobre la "nueva evangelización" sean los dirigidos a los obispos de América Latina, en Santo Domingo, con motivo de la iniciación del novenario de años preparatorio al V Centenario de la primera evangelización (11 y 12 de octubre de 1984) y al Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (11 de octubre de 1985).
En ambos casos, me parece, se trata de dos cosas: de ahondar en las riquezas invariables de la primera evangelización (raíces comunes que, particularmente en el caso de América Latina, llegan a formar el "substrato cultural católico" de sus pueblos) y de penetrar evangélicamente en la cambiada realidad histórica y en la dramática situación del hombre que debe ser evangelizado. El mundo al que somos enviados (el Papa habla entonces de Europa) "ha sufrido tales y tantas transformaciones culturales, políticas, sociales y económicas, que es preciso plantear el problema de la evangelización en términos totalmente nuevos" (Juan Pablo II, Simposio CCEE., 11/10/85).
En Santo Domingo el Papa afirma: "América Latina está ante una gran prueba histórica. Por ello, la Iglesia ve en este Jubileo un llamamiento a un nuevo esfuerzo creador en su evangelización. Ella que va profundizando constantemente en el Evangelio" (Juan Pablo II, Sto. Domingo, 12/10/84).
Tratando de penetrar el sentido de esta "nueva evangelización" yo trataría de señalar los siguientes puntos:
1.- ante todo una "lectura evangélica" de la historia, que tratara de descubrir los "nuevos signos de los tiempos", la historia concreta que viven los hombres y los pueblos. Sólo así "la Palabra de salvación", que es el Evangelio, podrá ser proclamada y recibida como la Buena Noticia. Esto nos llevaría a profundizar -comunitariamente y desde la fe- las situaciones de crisis y de esperanzas que viven nuestros pueblos. Pienso por ejemplo en lo siguiente:
a- la situación generalizada del hambre y la miseria, de la injusticia y la opresión, del terrorismo, el odio y la violencia. La grave cuestión social que ha cobrado una dimensión mundial. ¿Cuáles son los nuevos pobres y cómo tenemos que evangelizarlos? "Los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos. La Iglesia sufre ante esta crisis de angustia, y llama a todos, para que respondan con amor al llamamiento de sus hermanos" (P.P.3);
b- el fenómeno del secularismo que encierra al hombre en sí mismo, quitándole el horizonte de la trascendencia, y lo condena a la soledad, al vacío, a la muerte. En definitiva, "la muerte de Dios" termina siendo trágicamente "la muerte del hombre". El único punto en que la vida del hombre puede encontrar sentido a su existencia es la afirmación de un Dios personal, cercano e íntimo, creador y redentor. Por eso la necesidad de predicar - con nuevo ardor y nuevos métodos- la verdad de Jesucristo, el Hombre Nuevo. Sólo así comprenderemos el misterio del hombre porque "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (G.S. 22). El único punto, también, en que los hombres pueden reconocer y vivir su condición de hermanos, su solidariedad y su unidad fundamental, es la gozosa reafirmación de que Dios es nuestro Padre "y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (1 Jn. 4,16). La profundización del tema de la Jornada Mundial es esencial para un renovado compromiso evangelizador.
Afortunadamente, como lo afirmó el Sínodo Extraordinario de 1985, "no obstante el secularismo, existen también signos de una vuelta a lo sagrado. Hoy se registran signos de una nueva hambre y una nueva sed de lo trascendente y divino. Para cooperar en esta vuelta a lo sagrado y para superar el secularismo, debemos abrir accesos a la dimensión de lo "divino" o del misterio y ofrecer a los hombres de nuestro tiempo los preámbulos de la fe" (R.F. II,A,1).
Concretamente esta vuelta a lo sagrado, esta hambre y sed de Dios, esta necesidad de oración -de adorar a Cristo y de invocar a María- se manifiesta providencialmente en las generaciones jóvenes. Hay que ayudarles a hacer este camino sorprendente y difícil y aprender de ellos la frescura, la originalidad y la alegría de haber descubierto a Cristo, a María y el valor de la oración.
c- la sociedad "pluralista" en que debe ser anunciada, recibida y comprometida nuestra fe. No es tarea fácil; quizás lo sea todavía en pequeños pueblos de campaña donde todo es más simple y solidario, y donde Dios se revela más fácilmente a los humildes y pequeños (cfr. Lc. 10,21). Pero el problema se complica en las grandes metrópolis donde todo es más anónimo, más diluido, más ambiguo. El lenguaje no es a veces el mismo y los signos son diferentes. ¿Cómo predicar a Jesucristo crucificado en un ambiente pluralista, donde la misma presentación de la fe puede ser interpretada de manera diferente y hasta contrariamente opuesta? ¿Qué significa, a veces, la palabra paz, reconciliación, amor? ¿Cómo hacer comprender que la reconciliación no se opone a la verdad, ni el amor a la justicia? ¿Qué significa la libertad y la liberación integral? ¿Cómo se entiende una sincera revisión de vida, un cambio de mentalidad, una profunda conversión del corazón? Dentro de una sociedad consumista ¿puede hablarse de austeridad y de sacrificio, de alegría de la cruz, del desprendimiento y de la donación?
d- para una nueva evangelización hace falta comprender las transformaciones profundas que nos trae el vertiginoso avance de la técnica y la ciencia, sobre todo en el campo de la informática (que incide poderosamente en la educación y la cultura) y de la bio-genética (con todos los problemas éticos y morales de una manipulación de la vida humana y de los valores esenciales del hombre);
e- finalmente, la propuesta de una civilización de muerte frente a una cultura de la vida, donde se multiplican - gracias a la técnica deshumanizada del hombre- la soledad y el miedo, el desempleo y la evasión (droga, alcoholismo), la absurda carrera armamentista, el peligro de guerra y de autodestrucción.
2.- Luego -pero contemporáneamente con el primer punto- una "nueva evangelización" supondría un ahondamiento en el Misterio de Cristo: su persona, su obra, su palabra. Sin una fuerte y clara afirmación de Cristo, no podemos hablar de evangelización. Lamentablemente hubo movimientos apostólicos -de firme origen cristiano y maravillosa tradición apostólica- que se vaciaron de Cristo y de la Iglesia y se diluyeron en una pura presencia sociológica, sin horizonte de Evangelio y mezclados en una lucha de clases, totalmente ajena al espíritu de Cristo y su Misterio de salvación.
Una "nueva evangelización" exige, ciertamente, una mayor conciencia del sufrimiento del hombre, una presencia más comprometida con su concreta situación histórica y una auténtica solidariedad cristiana; pero siempre desde "la fuerza de la cruz" y "la potencia del Evangelio". Pablo escribe desde la cárcel a su querido hijo Timoteo: "No te avergüences del testimonio de Nuestro Señor... Comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios" (2 Tim.1,8). Y un poco más adelante le recuerda: "Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos y es descendiente de David. Esta es la Buena Noticia que yo predico, por la cual sufro y estoy encadenado como un malhechor. Pero la Palabra de Dios no está encadenada" (2 Tim.2,8-9).
Una "nueva evangelización" es una proclamación más clara, más honda y más concreta de Jesucristo "el Salvador del mundo" (Jn.4,42). Hecha con "nuevo ardor", es decir, desde la pasión del Espíritu Santo y como experimentando "el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" (Rom.8,39) y "derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom.5,5).
El último Sínodo Extraordinario (1985) ha vuelto a insistir en la "centralidad" del misterio de Cristo. "La misión primaria de la Iglesia bajo el impulso del Espíritu Divino es predicar y testificar la buena y alegre noticia de la elección, la misericordia y la caridad de Dios, que se manifiestan en la historia de la salvación y que llegan a su culmen en la plenitud de los tiempos por Jesucristo, y ofrecerles y comunicarlas a los hombres como salvación por la fuerza del Espíritu Santo. ¡La luz de las gentes es Cristo! La iglesia, al anunciar el Evangelio, debe procurar que esta luz resplandezca claramente sobre su rostro" (R.F. II,A,2).
Cuando hablamos de la centralidad de Cristo para una nueva evangelización no pretendemos "extranear" al cristiano -en este caso, al joven- de los acontecimientos de la historia y del sufrimiento de los hombres. Al contrario: queremos infundirle un gran enamoramiento de Cristo - en quien sólo está la salvación- y una grande capacidad de contemplación y de servicio para encontrarlo cotidianamente en el pobre ("tenía hambre... estaba enfermo o encarcelado...", etc. Mt.25).
3.- Esto nos lleva a una última reflexión sobre el sentido y la urgencia de una "nueva evangelización": el cambio interior del hombre y la transformación de la sociedad. La proclamación del Evangelio -con la palabra, el testimonio y las obras- tiende esencialmente a la conversión y al compromiso concreto de la fe; una nueva evangelización tiene que llevar al cristiano a una más clara y consistente coherencia de vida. La Buena Noticia de Jesús exige necesariamente "hombres nuevos" para "nuevas estructuras". "El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia" (Mc.1,15).
La conciencia de una dramática situación histórica - marcada por la cruz del hambre y la violencia, por los gravísimos desequilibrios sociales, económicos y políticos-, la experiencia y solidariedad con el sufrimiento humano, la penetración más honda y comunitaria (más eclesial) en la totalidad del Misterio de Cristo, nos llevan necesariamente a subrayar la eficacia y fecundidad (también la urgencia y universalidad) de una "nueva evangelización": una evangelización más directamente comprometida con el hombre y con la liberación integral de los pueblos.
Pablo VI nos dice: "Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad... La Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos" (E.N. 18).
Juan Pablo II les dice a los Obispos europeos: " La Iglesia está llamada a dar un alma a la sociedad moderna... y la Iglesia debe infundir esta alma no desde arriba y desde fuera, sino pasando dentro, acercándose al hombre de hoy. Se impone, pues, la presencia activa y la participación intensa en la vida del hombre" (11/10/85).
Una evangelización así -comprometida desde dentro con la transformación de la sociedad- exige de la Iglesia estas tres actitudes:
a- dejarse evangelizar por el Señor en un constante y renovado espíritu de conversión. "Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma... La Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio. El Concilio Vaticano II ha recordado y el Sínodo de 1974 ha vuelto a tocar insistentemente este tema de la Iglesia que se evangeliza, a través de una conversión y una renovación constantes, para evangelizar el mundo de manera creíble" (E.N.15).
No se trata de vivir en una enfermiza autocrítica, sino de examinarse serena y lealmente sobre la fidelidad al Señor y a los hombres; por ejemplo en estos tres puntos:
- la penetración, la contemplación y la comunicación de la Palabra de Dios (fidelidad a la Verdad);
- la búsqueda y el esfuerzo por crear y conservar la unidad eclesial (fidelidad a la comunión eclesial), inserción de los movimientos y asociaciones en la pastoral de las Iglesias locales;
- la preocupación evangélica por los pobres y los que sufren; es la nota distintiva de nuestra evangelización: nos envía el Señor a llevar a los pobres la Buena Noticia de Jesús. San Pablo escribe a los Gálatas: "Solamente nos recomendaron que nos acordáramos de los pobres, lo que siempre he tratado de hacer" (Gal.2,10).
b- vivir el Misterio de la Encarnación de Jesús: lo cual supone, como en Jesús, anonadamiento, presencia y muerte (disponibilidad para dar la vida). Ciertamente los laicos tienen aquí una responsabilidad especial, dado su peculiar carácter secular, que los compromete a cambiar el mundo "como desde dentro, a modo de fermento" (L.G.31). Pero la encarnación y la presencia, son para toda la Iglesia (también para los obispos, sacerdotes y religiosos) exigencia fundamental de una evangelización eficaz y transformadora; toda la Iglesia es enviada al mundo como "sacramento universal de salvación";
c- unir indisolublemente la evangelización con la promoción humana y la liberación integral de todos los hombres y todos los pueblos. "La evangelización lleva consigo un mensaje explícito... sobre los derechos y deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar sin la cual apenas es posible el progreso personal, sobre la vida comunitaria de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz , la justicia, el desarrollo; un mensaje, especialmente riguroso en nuestros días, sobre la liberación" (E.N.29,cfr.30-39).
Juan Pablo II, en sus discursos en Santo Domingo, el 11 y 12 de octubre de 1984, puntualizó el sentido evangélico de la "opción preferencial por los pobres" y la dimensión evangelizadora de la "liberación social" "de las muchedumbres desposeídas".
Simplemente quiero precisar y sintetizar lo siguiente:
-que una verdadera evangelización supone un compromiso -coherencia de fe- con la opción por los pobres, la promoción humana y la liberación integral de todo el hombre y todos los pueblos;
-que esta liberación -fruto de la Redención de Cristo- supone, ante todo, la verdadera libertad de los hijos de Dios: liberados del pecado y sus consecuencias, revestidos de Jesús, "el Hombre Nuevo", en camino hacia la definitiva liberación de los hijos adoptivos de Dios, de toda la humanidad y toda la creación cuando se manifieste totalmente la gloria de Dios y seremos definitivamente libres (cfr. Rom. 8,18-25); una verdadera liberación lleva a una "nueva creación" en Cristo (cfr. 2 Cor.5,17; Ef.2,10);
-que la verdadera "opción por los pobres" y el trabajo por "la liberación de los hombres y los pueblos", sólo pasa a través de las bienaventuranzas evangélicas y del Misterio Pascual de Jesús. No podemos quitar al Evangelio su dimensión social y terrena, pero debemos constantemente reafirmar su esencial dimensión de interioridad, de trascendencia y de escatología.
Eduardo F. Card. Pironio
Forum Internacional sobre Juventud
Buenos Aires, 9 de abril de 1987
DE UNA NUEVA SOCIEDAD
Forum Internacional de Jóvenes - Argentina
Buenos Aires, 9 de abril de 1987.
"Les escribo a ustedes, jóvenes, porque ustedes son fuertes,
y la Palabra de Dios permanece en ustedes,
y ustedes han vencido al Maligno" (1 Jn.2,14).
Nos encontramos evidentemente, frente a una juventud nueva: más profunda, reflexiva y orante, más sensible a los problemas de la libertad y la justicia, más deseosa de participar en la vida de la Iglesia y en la construcción de la sociedad. Una juventud que quiere comprometerse en una "nueva evangelización", con plena fidelidad a Jesucristo y al hombre. La celebración de la Jornada Mundial en Buenos Aires -en un continente de cruz y de esperanza, como es América Latina- presenta a los jóvenes un triple desafío: a su oración, a su esperanza, a su amor. Para ello trataremos de reflexionar juntos, a la luz del Evangelio, y de hacer de nuestra vida una opción fundamental por Jesucristo y su Evangelio.
Comenzamos por recordar y asumir dos textos del Evangelio: el primero relativo a Jesús, el segundo a la responsabilidad evangelizadora que recibimos, como Iglesia, de Jesús:
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc.4,18- 19).
Una contemplación sobre Jesús -sobre su Persona, su Palabra y su Obra redentora- nos revela que "Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena" (E.N. 7). Todo en Jesús - su Encarnación, sus milagros, sus enseñanzas, su misterio pascual- "forman parte de su actividad evangelizadora" (E.N. 6).
Esto nos enseña ya una cosa fundamental: que la evangelización no es una actividad provisoria, circunstancial o parcial de nuestra vida. Todo en nosotros -nuestra adoración y nuestro servicio, nuestra ocupación cotidiana y nuestro trabajo apostólico, nuestra alegría y nuestro sufrimiento- es esencialmente evangelizador. Somos o no somos evangelizadores; como somos o no somos cristianos. Esto es importante tenerlo presente ahora cuando el Papa Juan Pablo II nos està impulsando fuertemente a una "nueva evangelización". En realidad, nos está invitando urgentemente a ser cristianos: a dejarnos evangelizar, a dejarnos convertir, a comprometernos más seriamente con Jesucristo y los hermanos.
Pero el texto que hemos citado nos habla, además, de tres realidades que se dieron en Jesús y que tienen que darse en nosotros si queremos heredar de veras, como Iglesia, la misión evangelizadora de Jesús: el Espíritu Santo, la Buena Noticia, los pobres.
- El Espíritu Santo que consagra por la unción. Lo hemos recibido por el Bautismo y la Confirmación (los Obispos, los presbíteros, los diáconos lo hemos recibido, además, por el Orden). Es el Espíritu de la santidad y de la evangelización, de la palabra y del testimonio. "Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos" (Hechos 1,8). Es el Espíritu que nos introduce en la Palabra que hemos de anunciar y en el corazón del hombre destinatario de nuestra evangelización.
-La Buena Noticia: es la proclamación del Reino, con sus exigencias de conversión (cfr. Mc.1,15), es el anuncio de la alegría de la salvación. Para nosotros, es el anuncio de Jesucristo "el Salvador del mundo" (Jn.4,42), Jesucristo Camino, Verdad y Vida, Jesucristo muerto y resucitado, Jesucristo "crucificado: fuerza y sabiduría de Dios" (1 Cor.1,23-24).
-Los pobres (los cautivos, los ciegos, los oprimidos): son los primeros destinatarios del Evangelio de Jesús; porque son los más disponibles para recibir el don de la Buena Noticia y acoger en su corazón el Reino (cfr. Mt.5,3). Así se identificó Jesús ante los dos discípulos de Juan enviados para saber si era él quien había de venir o deberían esperar a otro: "Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres" (Lc. 7,22).
El compromiso liberador de Jesús con los pobres y todos los que sufren es el signo más evidente de su misión evangelizadora. Lo debe ser, también, para nosotros. Pero volveremos más tarde sobre este punto. Entre tanto anotemos que no puede haber "nueva evangelización" , sin una nueva efusión del Espíritu Santo que nos ayude a penetrar sabrosa y contemplativamente la Palabra de Dios y simultáneamente nos dé una honda capacidad para descubrir y servir a Cristo en los pobres. El Espíritu Santo, la Buena Noticia, los pobres: son tres elementos claves para una "nueva evangelización".
El Segundo texto evangélico se refiere a nuestra esencial misión evangelizadora, como Iglesia, que recibimos de Jesús el primer evangelizador:
"Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación" (Mc.16,16).
El texto paralelo de Mateo completa: "Yo estaré siempre con ustedes hasta el final del mundo" (Mt.28,18-20). Como queriendo decir: "Yo soy siempre el mismo, el principio y el fin; no tengan miedo, pero ustedes vayan renovando, de acuerdo a los tiempos nuevos, mi invariable mensaje de salvación.
La orden dada por Jesús a los Doce "vale, también, aunque de manera diversa, para todos los cristianos. Por esto Pedro los define "pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable" (E.N. 13). La misión esencial de la Iglesia es la de la evangelización. "Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar" (E.N.14)
Esto es importante subrayarlo hoy en que se quiere animar y promover la participación de los fieles laicos en la misión global evangelizadora de la Iglesia. Cuando hablo de la "misión global" evangelizadora de la Iglesia, con respecto a los laicos, me refiero a la unidad indisoluble de estas dos tareas de los laicos: construir la comunidad cristiana y edificar la ciudad de los hombres.
El último Sínodo extraordinario insiste en la urgencia de esta misión evangelizadora de la Iglesia: "La evangelización es la primera función no sólo de los Obispos, sino también de los presbíteros y diáconos, más aún de todos los fieles cristianos... Se requiere, por tanto, un nuevo esfuerzo en la evangelización y en la catequesis integral y sistemática" (R.F. II,B,a,2).
Tal como se formula el título de la ponencia -"Una nueva evangelización para la construcción de una nueva sociedad"- nos sugiere tres observaciones previas:
a.- que se trata de anunciar de nuevo a Jesucristo y Jesucristo crucificado a los hombres de hoy;
b.- que este anuncio de Jesús tiende a la conversión del hombre (llegar a crear "el hombre nuevo") para la construcción de una nueva sociedad;
c.- que no se trata de volver a una "nueva cristiandad" sino de procurar que el fermento del Evangelio penetre en todas las culturas, las asuma en su propia identidad y logre formar con todos los pueblos una nueva civilización de la verdad y del amor. Se trata de "proponer una nueva síntesis creativa entre Evangelio y vida" (Juan Pablo II, 11/10/85).
I.- Una nueva Evangelización
El Papa Juan Pablo II la propone constantemente con particular urgencia. Habla de una "nueva evangelización" o de una "evangelización renovada". A los Obispos del CELAM en Haití les dice: "La conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como Obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Y más adelante, cuando explica algunos "presupuestos fundamentales para la nueva evangelización", habla así: "El segundo aspecto mira a los laicos. No solamente la carencia de sacerdotes, sino también y sobre todo la autocomprensión de la Iglesia en América Latina, a la luz del Vaticano II y de Puebla, hablan con fuerza sobre el lugar de los laicos en la Iglesia y en la sociedad. El aproximarse del 500 aniversario de vuestra evangelización debe encontrar a los obispos, juntamente con sus Iglesias, empeñados en formar un número creciente de laicos prontos a colaborar eficazmente en la obra evangelizadora" (Juan Pablo II, 9/3/1983).
Quizás los dos discursos principales del Santo Padre sobre la "nueva evangelización" sean los dirigidos a los obispos de América Latina, en Santo Domingo, con motivo de la iniciación del novenario de años preparatorio al V Centenario de la primera evangelización (11 y 12 de octubre de 1984) y al Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (11 de octubre de 1985).
En ambos casos, me parece, se trata de dos cosas: de ahondar en las riquezas invariables de la primera evangelización (raíces comunes que, particularmente en el caso de América Latina, llegan a formar el "substrato cultural católico" de sus pueblos) y de penetrar evangélicamente en la cambiada realidad histórica y en la dramática situación del hombre que debe ser evangelizado. El mundo al que somos enviados (el Papa habla entonces de Europa) "ha sufrido tales y tantas transformaciones culturales, políticas, sociales y económicas, que es preciso plantear el problema de la evangelización en términos totalmente nuevos" (Juan Pablo II, Simposio CCEE., 11/10/85).
En Santo Domingo el Papa afirma: "América Latina está ante una gran prueba histórica. Por ello, la Iglesia ve en este Jubileo un llamamiento a un nuevo esfuerzo creador en su evangelización. Ella que va profundizando constantemente en el Evangelio" (Juan Pablo II, Sto. Domingo, 12/10/84).
Tratando de penetrar el sentido de esta "nueva evangelización" yo trataría de señalar los siguientes puntos:
1.- ante todo una "lectura evangélica" de la historia, que tratara de descubrir los "nuevos signos de los tiempos", la historia concreta que viven los hombres y los pueblos. Sólo así "la Palabra de salvación", que es el Evangelio, podrá ser proclamada y recibida como la Buena Noticia. Esto nos llevaría a profundizar -comunitariamente y desde la fe- las situaciones de crisis y de esperanzas que viven nuestros pueblos. Pienso por ejemplo en lo siguiente:
a- la situación generalizada del hambre y la miseria, de la injusticia y la opresión, del terrorismo, el odio y la violencia. La grave cuestión social que ha cobrado una dimensión mundial. ¿Cuáles son los nuevos pobres y cómo tenemos que evangelizarlos? "Los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos. La Iglesia sufre ante esta crisis de angustia, y llama a todos, para que respondan con amor al llamamiento de sus hermanos" (P.P.3);
b- el fenómeno del secularismo que encierra al hombre en sí mismo, quitándole el horizonte de la trascendencia, y lo condena a la soledad, al vacío, a la muerte. En definitiva, "la muerte de Dios" termina siendo trágicamente "la muerte del hombre". El único punto en que la vida del hombre puede encontrar sentido a su existencia es la afirmación de un Dios personal, cercano e íntimo, creador y redentor. Por eso la necesidad de predicar - con nuevo ardor y nuevos métodos- la verdad de Jesucristo, el Hombre Nuevo. Sólo así comprenderemos el misterio del hombre porque "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (G.S. 22). El único punto, también, en que los hombres pueden reconocer y vivir su condición de hermanos, su solidariedad y su unidad fundamental, es la gozosa reafirmación de que Dios es nuestro Padre "y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (1 Jn. 4,16). La profundización del tema de la Jornada Mundial es esencial para un renovado compromiso evangelizador.
Afortunadamente, como lo afirmó el Sínodo Extraordinario de 1985, "no obstante el secularismo, existen también signos de una vuelta a lo sagrado. Hoy se registran signos de una nueva hambre y una nueva sed de lo trascendente y divino. Para cooperar en esta vuelta a lo sagrado y para superar el secularismo, debemos abrir accesos a la dimensión de lo "divino" o del misterio y ofrecer a los hombres de nuestro tiempo los preámbulos de la fe" (R.F. II,A,1).
Concretamente esta vuelta a lo sagrado, esta hambre y sed de Dios, esta necesidad de oración -de adorar a Cristo y de invocar a María- se manifiesta providencialmente en las generaciones jóvenes. Hay que ayudarles a hacer este camino sorprendente y difícil y aprender de ellos la frescura, la originalidad y la alegría de haber descubierto a Cristo, a María y el valor de la oración.
c- la sociedad "pluralista" en que debe ser anunciada, recibida y comprometida nuestra fe. No es tarea fácil; quizás lo sea todavía en pequeños pueblos de campaña donde todo es más simple y solidario, y donde Dios se revela más fácilmente a los humildes y pequeños (cfr. Lc. 10,21). Pero el problema se complica en las grandes metrópolis donde todo es más anónimo, más diluido, más ambiguo. El lenguaje no es a veces el mismo y los signos son diferentes. ¿Cómo predicar a Jesucristo crucificado en un ambiente pluralista, donde la misma presentación de la fe puede ser interpretada de manera diferente y hasta contrariamente opuesta? ¿Qué significa, a veces, la palabra paz, reconciliación, amor? ¿Cómo hacer comprender que la reconciliación no se opone a la verdad, ni el amor a la justicia? ¿Qué significa la libertad y la liberación integral? ¿Cómo se entiende una sincera revisión de vida, un cambio de mentalidad, una profunda conversión del corazón? Dentro de una sociedad consumista ¿puede hablarse de austeridad y de sacrificio, de alegría de la cruz, del desprendimiento y de la donación?
d- para una nueva evangelización hace falta comprender las transformaciones profundas que nos trae el vertiginoso avance de la técnica y la ciencia, sobre todo en el campo de la informática (que incide poderosamente en la educación y la cultura) y de la bio-genética (con todos los problemas éticos y morales de una manipulación de la vida humana y de los valores esenciales del hombre);
e- finalmente, la propuesta de una civilización de muerte frente a una cultura de la vida, donde se multiplican - gracias a la técnica deshumanizada del hombre- la soledad y el miedo, el desempleo y la evasión (droga, alcoholismo), la absurda carrera armamentista, el peligro de guerra y de autodestrucción.
2.- Luego -pero contemporáneamente con el primer punto- una "nueva evangelización" supondría un ahondamiento en el Misterio de Cristo: su persona, su obra, su palabra. Sin una fuerte y clara afirmación de Cristo, no podemos hablar de evangelización. Lamentablemente hubo movimientos apostólicos -de firme origen cristiano y maravillosa tradición apostólica- que se vaciaron de Cristo y de la Iglesia y se diluyeron en una pura presencia sociológica, sin horizonte de Evangelio y mezclados en una lucha de clases, totalmente ajena al espíritu de Cristo y su Misterio de salvación.
Una "nueva evangelización" exige, ciertamente, una mayor conciencia del sufrimiento del hombre, una presencia más comprometida con su concreta situación histórica y una auténtica solidariedad cristiana; pero siempre desde "la fuerza de la cruz" y "la potencia del Evangelio". Pablo escribe desde la cárcel a su querido hijo Timoteo: "No te avergüences del testimonio de Nuestro Señor... Comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios" (2 Tim.1,8). Y un poco más adelante le recuerda: "Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos y es descendiente de David. Esta es la Buena Noticia que yo predico, por la cual sufro y estoy encadenado como un malhechor. Pero la Palabra de Dios no está encadenada" (2 Tim.2,8-9).
Una "nueva evangelización" es una proclamación más clara, más honda y más concreta de Jesucristo "el Salvador del mundo" (Jn.4,42). Hecha con "nuevo ardor", es decir, desde la pasión del Espíritu Santo y como experimentando "el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" (Rom.8,39) y "derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom.5,5).
El último Sínodo Extraordinario (1985) ha vuelto a insistir en la "centralidad" del misterio de Cristo. "La misión primaria de la Iglesia bajo el impulso del Espíritu Divino es predicar y testificar la buena y alegre noticia de la elección, la misericordia y la caridad de Dios, que se manifiestan en la historia de la salvación y que llegan a su culmen en la plenitud de los tiempos por Jesucristo, y ofrecerles y comunicarlas a los hombres como salvación por la fuerza del Espíritu Santo. ¡La luz de las gentes es Cristo! La iglesia, al anunciar el Evangelio, debe procurar que esta luz resplandezca claramente sobre su rostro" (R.F. II,A,2).
Cuando hablamos de la centralidad de Cristo para una nueva evangelización no pretendemos "extranear" al cristiano -en este caso, al joven- de los acontecimientos de la historia y del sufrimiento de los hombres. Al contrario: queremos infundirle un gran enamoramiento de Cristo - en quien sólo está la salvación- y una grande capacidad de contemplación y de servicio para encontrarlo cotidianamente en el pobre ("tenía hambre... estaba enfermo o encarcelado...", etc. Mt.25).
3.- Esto nos lleva a una última reflexión sobre el sentido y la urgencia de una "nueva evangelización": el cambio interior del hombre y la transformación de la sociedad. La proclamación del Evangelio -con la palabra, el testimonio y las obras- tiende esencialmente a la conversión y al compromiso concreto de la fe; una nueva evangelización tiene que llevar al cristiano a una más clara y consistente coherencia de vida. La Buena Noticia de Jesús exige necesariamente "hombres nuevos" para "nuevas estructuras". "El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia" (Mc.1,15).
La conciencia de una dramática situación histórica - marcada por la cruz del hambre y la violencia, por los gravísimos desequilibrios sociales, económicos y políticos-, la experiencia y solidariedad con el sufrimiento humano, la penetración más honda y comunitaria (más eclesial) en la totalidad del Misterio de Cristo, nos llevan necesariamente a subrayar la eficacia y fecundidad (también la urgencia y universalidad) de una "nueva evangelización": una evangelización más directamente comprometida con el hombre y con la liberación integral de los pueblos.
Pablo VI nos dice: "Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad... La Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos" (E.N. 18).
Juan Pablo II les dice a los Obispos europeos: " La Iglesia está llamada a dar un alma a la sociedad moderna... y la Iglesia debe infundir esta alma no desde arriba y desde fuera, sino pasando dentro, acercándose al hombre de hoy. Se impone, pues, la presencia activa y la participación intensa en la vida del hombre" (11/10/85).
Una evangelización así -comprometida desde dentro con la transformación de la sociedad- exige de la Iglesia estas tres actitudes:
a- dejarse evangelizar por el Señor en un constante y renovado espíritu de conversión. "Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma... La Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio. El Concilio Vaticano II ha recordado y el Sínodo de 1974 ha vuelto a tocar insistentemente este tema de la Iglesia que se evangeliza, a través de una conversión y una renovación constantes, para evangelizar el mundo de manera creíble" (E.N.15).
No se trata de vivir en una enfermiza autocrítica, sino de examinarse serena y lealmente sobre la fidelidad al Señor y a los hombres; por ejemplo en estos tres puntos:
- la penetración, la contemplación y la comunicación de la Palabra de Dios (fidelidad a la Verdad);
- la búsqueda y el esfuerzo por crear y conservar la unidad eclesial (fidelidad a la comunión eclesial), inserción de los movimientos y asociaciones en la pastoral de las Iglesias locales;
- la preocupación evangélica por los pobres y los que sufren; es la nota distintiva de nuestra evangelización: nos envía el Señor a llevar a los pobres la Buena Noticia de Jesús. San Pablo escribe a los Gálatas: "Solamente nos recomendaron que nos acordáramos de los pobres, lo que siempre he tratado de hacer" (Gal.2,10).
b- vivir el Misterio de la Encarnación de Jesús: lo cual supone, como en Jesús, anonadamiento, presencia y muerte (disponibilidad para dar la vida). Ciertamente los laicos tienen aquí una responsabilidad especial, dado su peculiar carácter secular, que los compromete a cambiar el mundo "como desde dentro, a modo de fermento" (L.G.31). Pero la encarnación y la presencia, son para toda la Iglesia (también para los obispos, sacerdotes y religiosos) exigencia fundamental de una evangelización eficaz y transformadora; toda la Iglesia es enviada al mundo como "sacramento universal de salvación";
c- unir indisolublemente la evangelización con la promoción humana y la liberación integral de todos los hombres y todos los pueblos. "La evangelización lleva consigo un mensaje explícito... sobre los derechos y deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar sin la cual apenas es posible el progreso personal, sobre la vida comunitaria de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz , la justicia, el desarrollo; un mensaje, especialmente riguroso en nuestros días, sobre la liberación" (E.N.29,cfr.30-39).
Juan Pablo II, en sus discursos en Santo Domingo, el 11 y 12 de octubre de 1984, puntualizó el sentido evangélico de la "opción preferencial por los pobres" y la dimensión evangelizadora de la "liberación social" "de las muchedumbres desposeídas".
Simplemente quiero precisar y sintetizar lo siguiente:
-que una verdadera evangelización supone un compromiso -coherencia de fe- con la opción por los pobres, la promoción humana y la liberación integral de todo el hombre y todos los pueblos;
-que esta liberación -fruto de la Redención de Cristo- supone, ante todo, la verdadera libertad de los hijos de Dios: liberados del pecado y sus consecuencias, revestidos de Jesús, "el Hombre Nuevo", en camino hacia la definitiva liberación de los hijos adoptivos de Dios, de toda la humanidad y toda la creación cuando se manifieste totalmente la gloria de Dios y seremos definitivamente libres (cfr. Rom. 8,18-25); una verdadera liberación lleva a una "nueva creación" en Cristo (cfr. 2 Cor.5,17; Ef.2,10);
-que la verdadera "opción por los pobres" y el trabajo por "la liberación de los hombres y los pueblos", sólo pasa a través de las bienaventuranzas evangélicas y del Misterio Pascual de Jesús. No podemos quitar al Evangelio su dimensión social y terrena, pero debemos constantemente reafirmar su esencial dimensión de interioridad, de trascendencia y de escatología.
Eduardo F. Card. Pironio
Forum Internacional sobre Juventud
Buenos Aires, 9 de abril de 1987
lunes 22 de agosto de 2011
Mensaje del grupo de curas en la opción por los pobres al concluir el 25º Encuentro Anual
Con un oído en el Evangelio y otro en el Corazón del Pueblo
Como curas en la Opción por los Pobres, nos hemos reunido en nuestro 25º Encuentro anual. Hemos mirado nuestra vida, todo el agua que ha corrido bajo el puente, y compartido los “gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren”[1] como nos invitaba a hacerlo hace ya 50 años, el recordado –y tantas veces negado- Concilio Vaticano II.
En estos años, hemos tratado de mirar la realidad en la que estamos inmersos, muchas veces cargada de dolor y muerte, y tantas otras de fiesta y esperanza. Hemos caminado, o intentado caminar, con el pueblo para aprender de él y con él ir dejando brotar el Reino que Dios ha sembrado en la historia.
Hoy, como lo hicimos en 1986 en Florencio Varela, queremos renovar nuestro compromiso con la Iglesia de los pobres, a la que refirió el recordado Juan XXIII y retomó Juan Pablo II.[2]
Creemos que hoy la situación de los pobres de nuestra Patria es muy diferente de la que era hace 25 años, y de los momentos muy duros que les tocó vivir. También es muy distinta la situación en el interno de la Iglesia. La situación eclesiástica hace ya muchos años fue calificada de “Invierno eclesial” por uno de los mejores teólogos del s.XX.[3] En lo que respecto a la situación social, la mayoría del pueblo parece haber expresado públicamente –¡y en democracia!, algo que celebramos- su opinión de que el camino elegido es el correcto, aunque creemos que todavía falta mucho por hacer.
Creemos que pensar que los pobres están bien es una contradicción en sí misma, aunque creemos que los pobres están mucho mejor que hace unos años.
Creemos que es mucho más lo que falta por hacer que lo que se ha hecho, como incluso funcionarios del actual gobierno lo han reconocido.
Creemos ingenuo negar que hubo, hay y habrá quienes quieren negarle al pueblo sus posibilidades de fiesta y alegría, y no deberíamos estar desatentos ante ello, sea por el inmoral afán de lucro, la mentira sistemática y hegemónica, la ideología perversa de la mano invisible del Mercado o la sumisión acrítica a los coros de ajuste, represión, desocupación y endeudamiento, cuyas dramáticas consecuencias vemos hoy en varios países del Primer Mundo y de América Latina.
Caminando del lado de los pobres, y junto a tantos y tantas que se juegan la vida por ellos, no queremos bajar los brazos y pretendemos seguir buscando una más justa distribución del ingreso, la posibilidad de acceso a la tierra y la vivienda, una mayor justicia para los jubilados, la proliferación de trabajo digno y justo, la educación de calidad, el respeto profundo a la “hermana, madre tierra”,[4] una mayor seguridad, o poder enfrentar con decisión otros graves problemas como la violencia (familiar y social), la droga, y la desesperanza.
Y una vez más queremos reafirmar nuestro camino –como curas- junto a los pobres, para anunciar con alegría el Reino que Jesús inaugura y nos hace hermanos y hermanas, especialmente de los pobres y despreciados; guiados por el Espíritu Santo, el “padre de los pobres”,[5] e iluminados por la Virgen María que canta feliz porque “Dios derribó de su trono a los poderosos y elevó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías”.[6]
Curas en la opción por los pobres
Florencio Varela, 19 de agosto 2011
Como curas en la Opción por los Pobres, nos hemos reunido en nuestro 25º Encuentro anual. Hemos mirado nuestra vida, todo el agua que ha corrido bajo el puente, y compartido los “gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren”[1] como nos invitaba a hacerlo hace ya 50 años, el recordado –y tantas veces negado- Concilio Vaticano II.
En estos años, hemos tratado de mirar la realidad en la que estamos inmersos, muchas veces cargada de dolor y muerte, y tantas otras de fiesta y esperanza. Hemos caminado, o intentado caminar, con el pueblo para aprender de él y con él ir dejando brotar el Reino que Dios ha sembrado en la historia.
Hoy, como lo hicimos en 1986 en Florencio Varela, queremos renovar nuestro compromiso con la Iglesia de los pobres, a la que refirió el recordado Juan XXIII y retomó Juan Pablo II.[2]
Creemos que hoy la situación de los pobres de nuestra Patria es muy diferente de la que era hace 25 años, y de los momentos muy duros que les tocó vivir. También es muy distinta la situación en el interno de la Iglesia. La situación eclesiástica hace ya muchos años fue calificada de “Invierno eclesial” por uno de los mejores teólogos del s.XX.[3] En lo que respecto a la situación social, la mayoría del pueblo parece haber expresado públicamente –¡y en democracia!, algo que celebramos- su opinión de que el camino elegido es el correcto, aunque creemos que todavía falta mucho por hacer.
Creemos que pensar que los pobres están bien es una contradicción en sí misma, aunque creemos que los pobres están mucho mejor que hace unos años.
Creemos que es mucho más lo que falta por hacer que lo que se ha hecho, como incluso funcionarios del actual gobierno lo han reconocido.
Creemos ingenuo negar que hubo, hay y habrá quienes quieren negarle al pueblo sus posibilidades de fiesta y alegría, y no deberíamos estar desatentos ante ello, sea por el inmoral afán de lucro, la mentira sistemática y hegemónica, la ideología perversa de la mano invisible del Mercado o la sumisión acrítica a los coros de ajuste, represión, desocupación y endeudamiento, cuyas dramáticas consecuencias vemos hoy en varios países del Primer Mundo y de América Latina.
Caminando del lado de los pobres, y junto a tantos y tantas que se juegan la vida por ellos, no queremos bajar los brazos y pretendemos seguir buscando una más justa distribución del ingreso, la posibilidad de acceso a la tierra y la vivienda, una mayor justicia para los jubilados, la proliferación de trabajo digno y justo, la educación de calidad, el respeto profundo a la “hermana, madre tierra”,[4] una mayor seguridad, o poder enfrentar con decisión otros graves problemas como la violencia (familiar y social), la droga, y la desesperanza.
Y una vez más queremos reafirmar nuestro camino –como curas- junto a los pobres, para anunciar con alegría el Reino que Jesús inaugura y nos hace hermanos y hermanas, especialmente de los pobres y despreciados; guiados por el Espíritu Santo, el “padre de los pobres”,[5] e iluminados por la Virgen María que canta feliz porque “Dios derribó de su trono a los poderosos y elevó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías”.[6]
Curas en la opción por los pobres
Florencio Varela, 19 de agosto 2011
domingo 21 de agosto de 2011
El papa en Madrid: un inquisidor con zapatos de Prada
agosto 21, 2011
John Brown
«Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» [Jesucristo, Sermón de la montaña].
Zapatos del Papa En estos días de visita papal a cargo del contribuyente, el cristianismo camina como un zombi alegre y juvenil, pero espiritual y moralmente muerto, por las calles de Madrid. Se trata de una vieja religión que, sin duda, para lo bueno y para lo malo, contribuyó a definir muchos rasgos de la civilización europea y mundial. Una religión que, en sus inicios, con Jesucristo y San Pablo representó la ruptura más radical con el orden establecido, la implicada por la inminente llegada del Mesías. El cristianismo era una religión mesiánica, no un culto de este mundo, sino la puesta entre paréntesis del orden vigente en nombre de la más necesaria de las contingencias: la inminente llegada del Mesías y el fin del viejo mundo. Afirma así San Pablo en la 1ª epístola a los Corintios:
«Pero esto digo, hermanos: que el tiempo es corto; resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa».
Para el cristianismo, como para el materialismo radical, el mundo existente no es el despliegue de una esencia previamente dada. Nada justifica, nada garantiza su existencia. Es la lógica de la facticidad irreductible, la lógica de la gracia. El Mesías que se sitúa más allá de la ley que sostiene este mundo, ni siquiera se opone a esta última, está en otro plano, en otro mundo. El Dios de Jesucristo no es una garantía para los poderosos: su reino no es de este mundo. Por la misma razón, no es tampoco una garantía para los pobres y oprimidos. Ninguna estructura de este mundo, ningún poder, recibe ninguna garantía ni justificación divina. Sólo sabemos que no durará para siempre, pues no deriva de ninguna realidad eterna, sino que es fruto de encuentros aleatorios. El tiempo del Mesías llegará cuando nadie lo espere: no depende de ninguna necesidad de este mundo, pues expresa la absoluta facticidad de este mundo. Sólo es necesaria la facticidad, la gracia, que se confunde con Dios. Ni Dios ni el mundo obedecen al principio de razón suficiente. Su única ley es la de la necesidad aleatoria. Jesucristo y Pablo de Tarso no están en esto lejos de Demócrito de Abdera, ni de Spinoza, ni de Marx.
El mensaje de Joseph Ratzinger y sus secuaces es muy otro. El mesianismo queda enteramente olvidado. El tema central de la pastoral del papa actual como de la de sus antecesores desde los años 60 es algo tan ajeno al mensaje evangélico como la moral sexual. No hablan casi de ninguna otra cosa. Jesucristo, que anuncia la inminencia del fin de los tiempos, la renovación del mundo, no se ocupa, sin embargo, de esta cuestión. Es algo enteramente mundano. Por ello se perdona a la prostituta y a la adúltera. La Iglesia actual centra, sin embargo, su poder en este tema. Es cierto que, desde que la Iglesia se convirtió en institución, dedicó mucho empeño a desarrollar un discurso sobre la disciplina del cuerpo y el sexo destinado a los miembros de las órdenes monásticas, que fueron, como muestra Michel Foucault, un auténtico laboratorio del poder sobre los cuerpos y una auténtica fábrica del discurso de la sexualidad. Sin embargo, fuera del mundo monástico, las cuestiones de moral sexual no eran centrales. Empezaron a cobrar importancia cuando el Estado moderno, al convertirse en gestor de poblaciones, asumió una competencia biopolítica de Estado pastor. Con todo, hasta el siglo XX, e incluso hasta su segunda mitad, el discurso de la sexualidad no será central en la pastoral de la Iglesia. A principios del siglo XX, la Iglesia llegó incluso a desarrollar una "doctrina social" bastante crítica con el orden capitalista y que hoy parece enteramente olvidada por las jerarquías. También se permitía hasta mediados del siglo XX cultivar cierta dimensión sobrenatural dando gran notoriedad a supuestos milagros y apariciones de las que, hoy, prácticamente no se habla. La Iglesia actual habla del sexo y de la vida, se inscribe abiertamente en un discurso biopolítico.
Punto dogmático central de la actual doctrina de la Iglesia es la obligatoriedad de la vida en nombre de la cual, con la mayor de las coherencias biopolíticas -y sin ninguna referencia a la doctrina mesiánica del Evangelio- se prohíben a la vez el aborto y la eutanasia. No sólo se prohíben a los fieles, sino que la misma doctrina se intenta aplicar al conjunto de la sociedad influyendo sobre el Estado y sus leyes. El objetivo es que la vida, don de Dios según estas modernas doctrinas, se multiplique al máximo y se preserve. No tiene que perderse ni un solo embrión, ni tiene que permitirse a ningún enfermo terminal abreviar su sufrimiento. Como buen pastor, el poder eclesiástico procura que la "moral sexual" se traduzca en técnicas intensivas de cría de ganado humano. Para ello operan una amalgama entre la vida y la personalidad humana. Ciertamente, un embrión está vivo, pero es absurdo decir que cualquier entidad que, como esa masa de células no tiene acceso a la palabra ni a la nominación tenga una personalidad humana. Tampoco puede considerarse que la decisión de no seguir en vida de un enfermo terminal que se considere a sí mismo un cadáver viviente pueda invalidarse en nombre de una "dignidad de la vida" determinada por otro. Bien conocido es en los manuales de tortura que utilizan democracias «de nuestro entorno como la norteamericana» el nivel de sufrimiento que se alcanza en los estados cercanos a la muerte. Prolongarlo, por el sadismo de los torturadores o por el humanitarismo de la Iglesia contra la voluntad de quien prefiere morir, es un acto de inequívoca crueldad. Nacer de una madre que no desea tener un hijo o vivir a la fuerza cuando ya apenas se es una persona humana, tal y como pretende la Iglesia católica es algo que nos acerca a la vida desnuda y nos aleja de la humanidad. Frente a esa monstruosidad, es posible otra ética. Cuando Freud, enfermo de cáncer de mandíbula vio que sólo le quedaba una perspectiva de sufrimiento, de muerte en vida sin el uso de la palabra, optó por morir de una sobredosis de opio. Existe un momento en que el ser humano experimenta la inminencia de un estado que Spinoza designaba "muerte sin cadáver", propios de la enfermedad terminal o de algunas formas de locura. En tales momentos, optar por no seguir viviendo puede ser el último acto de potencia.
Por los mismos criterios de rentabilidad de la ganadería humana que preconizan, los poderes de la Iglesia condenan la homosexualidad y toda práctica sexual que no conduzca a la reproducción. La dignidad humana se expresa en términos cuantitativos, como productividad de los actos. La dimensión simbólica, la mediación lingüística que siempre acompaña a la sexualidad humana, haciendo de ella algo siempre "antinatural" son enteramente ignoradas por el poder biopolítico eclesial. Paradójicamente, las formas de sexualidad que nos alejan del animal son las que la Iglesia fomenta en nombre de la espiritualidad, al tiempo que condena las formas -como demuestra Freud siempre perversas- que adquiere la sexualidad en el animal hablante. El papa y su Iglesia se hacen así portadores de un ideal, un ideal de comunión animal en el sexo, de relación sexual natural, más allá de las dificultosas mediaciones simbólicas e imaginarias de la sexualidad humana, más allá de la inexistencia de la relación sexual que caracteriza al animal que habla. El cristianismo biopolítico mantiene así la promesa naturalista de una sexualidad animalesca como principal horizonte moral de su doctrina. Tal vez sea esa promesa su último atractivo.
Otra cuestión que ocupa el interés del papa es la del materialismo y el consumismo propios de nuestra civilización. Uno tendría la tentación de seguirle al menos en eso, hasta que, al levantarse del suelo los bajos de su alba, vemos aparecer unos zapatos rojos de Prada y no podemos evitar pensar en el título de una famosa película. El derroche absurdo de medios que representa la vista del papa a Madrid, los desfiles de moda eclesiástica dignos de Fellini que son cada una de sus misas, la manifiesta preferencia del pontífice por los poderosos y su carencia de críticas al desastre material y moral del capitalismo muestran a todas luces que la Iglesia no es la sucesora del perro flauta palestino cuya imagen crucificada exhiben por doquier. Jesucristo no frecuentaba a los reyes y a los banqueros, ni siquiera a las autoridades religiosas. Jesucristo fue despreciado por fariseos y sayones del mismo modo que los poderosos desprecian a los perro flautas de hoy, pero como decía una oportunísima pancarta exhibida en la puesta del Sol reconquistada por el pueblo del 15-M:
«Más vale ser un perro flauta que un pastor alemán».
Publicado por Católico Libre. 21-08-2011
sábado 20 de agosto de 2011
Los pecados del Vaticano
agosto 19, 2011
Juan Arias
Me ha causado un cierto estupor saber que se han colocado cientos de confesionarios en el parque del Retiro de Madrid con motivo de la visita del papa Benedicto XVI.
La jerarquía católica debería pedir perdón a la humanidad por sus ofensas a la doctrina predicada por Jesús. La Iglesia prefiere la teología de la cruz en vez de la teología de la felicidad, que era la que predicaba Jesús. Es el mismo estupor que me causaban los confesionarios colocados en las fábricas de Polonia por el sindicalista Lech Walesa. Son esos confesionarios los que, con razón, indignan a los indignados, mientras a ellos tratan de impedirles que confiesen su indignación.
El Papa, que tendría que encarnar la figura de Pedro, el pobre pescador de Galilea, como obispo de Roma, debería recordar al viajar a Madrid que el apóstol llegó a Roma perseguido y que fue crucificado como el Maestro. No tuvo honores de jefe de Estado, ni salvas de cañón, ni papamóvil, ni fue escoltado por los guardias romanos; y fue enterrado al morir en un cementerio común. El Vaticano se construyó más tarde, y sobre él pesa un rosario de pecados.
No sé de qué se confesarán los miles de jóvenes que se arrodillarán en los confesionarios improvisados del Retiro, aunque puedo imaginármelo, ya que la Iglesia inyecta en los jóvenes católicos la obsesión por el sexo más que por la justicia o por la libertad. Pero sí sé, por haberlo vivido de cerca, los pecados de los que el Papa y sus seguidores vaticanos, recibidos con honores de reyes con un presupuesto de millones de euros pagados por los españoles en crisis, podrían y deberían confesar.
El Vaticano, el minúsculo Estado enclavado en Italia, regalo de Mussolini al Papa a cambio de los votos de los católicos al fascismo, es la mayor anomalía e irreverencia para aquel Jesús que decía que «no tenía donde reclinar la cabeza», que rechazó ser coronado rey y que murió en la ignominia de la cruz. La prerrogativa de jefe de Estado otorgada al Papa de Roma es un pecado contra los evangelios.
Las oscuras finanzas vaticanas, su Banco del IOR que estuvo tristemente implicado en escándalos de corrupción, su vinculación con mafias y masonerías heterodoxas que dejaron un reguero de cadáveres de por medio y a monseñores huyendo perseguidos por la justicia, son otros pecados todavía sin confesar y sin penitencia.
El ocultamiento de los ya tristemente casos de pedofilia del clero en todo el mundo, porque la Iglesia se avergonzaba de aceptar lo que hicieron los suyos e intentó ocultarlo durante años, es un pecado aún sin arrepentimiento y sin confesión abierta. Es un pecado tan grande que el pacífico profeta de Nazareth llegó a pedir para él la pena de muerte. Pedía que al que abusara de un menor «se le colgase una rueda de molino al cuello y se le arrojase al mar».
La imposibilidad de la mujer de acceder al sacerdocio -la más persistente discriminación femenina en el mundo de las democracias- es un verdadero pecado contra el mismo Cristo, que se rodeó de mujeres durante su vida apostólica, que se le apareció después de muerto a una mujer antes que a Pedro y a los otros apóstoles y que en las primeras comunidades creadas después de su muerte para continuar su mensaje eran, también ellas, sacerdotisas y obispas.
Otro pecado del Vaticano es su terquedad en seguir manteniendo obligatorio el celibato sacerdotal a pesar de todos los escándalos de abusos de menores por parte del clero, y a pesar de que los apóstoles, y seguramente el mismo Jesús, estaban casados, como lo estaban los primeros papas y los obispos de los primeros siglos de la Iglesia, a los que solo se les pedía dar buen ejemplo conformándose con una sola mujer.
Así como también es pecado condenar todo tipo de sexualidad que no esté directamente encaminada a la procreación, cuando Jesús nunca habló de pecados contra el sexo.
Sí, en cambio, habló y gritó contra los que oprimen a los pobres, contra los sacerdotes hipócritas que predican una cosa y la contradicen después con su vida y contra los poderes y tiranías de la tierra. Llamó «zorra» al emperador Herodes. Y fue víctima del poder romano que lo condenó a muerte sin pruebas.
Son pecados todas las exhortaciones del Vaticano contra el derecho de la mujer de decidir en conciencia sobre su maternidad.
Es pecado defender la doctrina del infierno eterno ya que, como dicen los teólogos más iluminados y modernos, o existe Dios o existe el infierno. Juntos no pueden existir, porque ni el padre más brutal y vengativo sería capaz de condenar a un hijo a un castigo eterno sin posibilidad de retorno. El infierno sería la mejor prueba de la no existencia de Dios.
Cada vez que el Vaticano se opone a los avances de la ciencia que liberan al hombre de sus servidumbres, desde el uso de las células madre al derecho a morir con dignidad, peca contra la vida y contra el derecho a la libertad del ser humano.
Y como fueron pecados la Inquisición y las Cruzadas, lo son también hoy la cacería desatada contra teólogos que no razonan como el Vaticano, cacería de la que fue artífice el actual Pontífice desde su puesto de presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, heredera de la antigua Inquisición.
Es pecado condenar a los que se empeñan en resucitar las palabras duras del Evangelio y en apoyar los abusos perpetrados por la Iglesia contra las conciencias.
Una de las frases más misteriosas y oscuras del Evangelio es la pronunciada por Jesús cuando afirma:
«Dejad que los muertos entierren a sus muertos».
A él le interesaban los vivos más que los muertos. Pero al Vaticano parece dolerle la felicidad de los vivos, prefiere el dolor, el sacrificio, la abnegación, el martirio, la muerte, es decir, la teología de la cruz en vez de la teología de la felicidad que era la que predicó hasta la saciedad el profeta maldito, que no soportaba el dolor y por eso «curaba a todos». Y multiplicaba no solo el pan para saciar el hambre de los pobres sino el vino para no arruinar la fiesta de unas bodas. Jesús no fue ningún asceta, ni predicó nunca el dolor como terapia de la fe.
El gran pecado del Vaticano, de esa Iglesia oficial que no acaba de liberarse del poder temporal que no le corresponde, es su miedo a que los hombres sean felices, porque es la felicidad, y no la angustia ni el sufrimiento, lo que terminará por hacer libres a las mujeres y a los hombres. De ese pecado debería no solo confesarse, sino pedir perdón a toda la humanidad.
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BENEDICTO XVI,
TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN,
teólogos
martes 16 de agosto de 2011
Un aliento para los decepcionados con la Iglesia
Actualmente hay mucha decepción con la Iglesia Católica institucional. Se está dando una doble emigración: una exterior, personas que abandonan sencillamente la Iglesia, y otra interior, las que permanecen en ella pero no la sienten ya como un hogar espiritual. Continúan creyendo a pesar de la Iglesia.
No es para menos. El papa actual ha tomado algunas iniciativas radicales que han dividido el cuerpo eclesial. Ha asumido un camino de confrontación con dos importantes episcopados, el alemán y el francés, al introducir la misa en latín; ha articulado una reconciliación rebuscada con la Iglesia de los seguidores de Lebfrevre; ha vaciado las principales intuiciones renovadoras del Concilio Vaticano II, especialmente el ecumenismo, negando absurdamente el título de «Iglesia» a las Iglesias que no sean la Católica y la Ortodoxa; siendo cardenal se mostró gravemente permisivo con los pedófilos; su relación con el sida roza los límites de lo inhumano.
La Iglesia Católica actual se ha sumergido en un invierno riguroso. La base social de apoyo al modelo anticuado del actual papa está formada por grupos conservadores, más interesados en las realizaciones mediáticas, en la lógica del mercado, que en proponer un mensaje adecuado a los graves problemas actuales. Ofrecen un «cristianismo-lexotán» apto para calmar conciencias angustiadas, pero alienado frente a la humanidad sufriente.
Urge animar a estos cristianos en vías de emigración con lo que es esencial en el cristianismo. No lo es seguramente la Iglesia, que no fue objeto de la predicación de Jesús. Él anunció un sueño, el Reino de Dios, en contraposición al Reino de César; Reino de Dios que representa una revolución absoluta de las relaciones, desde las individuales hasta las divinas y cósmicas.
El cristianismo apareció primeramente en la historia como movimiento y como el camino de Cristo. Es anterior a su sedimentación en los cuatro evangelios y en las doctrinas. El carácter de camino espiritual significa un tipo de cristianismo que posee su propio curso. Generalmente vive al margen y, a veces, a distancia crítica de la institución oficial. Pero nace y se alimenta de la fascinación permanente de la figura y el mensaje libertario y espiritual de Jesús de Nazaret. Inicialmente considerado como «herejía de los Nazarenos» (Hechos 24,5) o simplemente «herejía» (Hechos 28,22) en el sentido de «grupillo», el cristianismo fue adquiriendo autonomía hasta que sus seguidores, según los Hechos de los Apóstoles (11,36), fueron llamados «cristianos».
El movimiento de Jesús es ciertamente la fuerza más vigorosa del cristianismo, más que las Iglesias, por no estar encuadrado en instituciones ni aprisionado en doctrinas y dogmas. Está compuesto por todo tipo de gente, de las más variadas culturas y tradiciones, hasta por agnósticos y ateos que se dejan tocar por la figura valiente de Jesús, por el sueño que anunció, un Reino de amor y de libertad, por su ética de amor incondicional, especialmente a los pobres y a los oprimidos, y por la forma como asumió el drama humano, en medio de humillaciones, torturas, y su ejecución en la cruz. Presentó una imagen de Dios tan íntima y amiga de la vida que es difícil prescindir de ella hasta por quien no cree en Dios. Mucha gente dice: «si existe Dios, tiene que ser como el Dios de Jesús».
Este cristianismo como camino espiritual es lo que realmente cuenta. Sin embargo, de ser un movimiento pasó muy pronto a ser una institución religiosa con varios modos de organización. En su seno se elaboraron las distintas interpretaciones de la figura de Jesús que se transformaron en doctrinas y fueron recogidas por los evangelios oficiales. Las Iglesias, al asumir carácter institucional, establecieron criterios de pertenencia y de exclusión, doctrinas como referencia identitaria y ritos de celebración propios. Quien explica tal fenómeno es la sociología, no la teología. La institución vive siempre en tensión con el camino espiritual. Lo óptimo es que caminen juntos, pero eso es raro. Lo decisivo es, en todo caso, el camino espiritual. Éste tiene futuro y anima el sentido de la vida.
El problema de la Iglesia romano-católica es su pretensión de ser la única verdadera. Lo correcto es que todas se reconozcan mutuamente, pues todas ellas revelan dimensiones diferentes y complementarias del mensaje del Nazareno. Lo importante es que el cristianismo mantenga su carácter de camino espiritual. Él puede sustentar a tantos cristianos y cristianas frente a la mediocridad e irrelevancia en la que ha caído la Iglesia actual.
Leonardo Boff
lunes 20 de septiembre de 2010
El juego o las armas de la democracia
Además de la gravedad que el hecho tiene “en sí mismo”, el golpe e instauración de una pseudo-democracia en Honduras, tiene como un plus de gravedad. Esto es el metamensaje de “la Embajada” y los poderosos: «esto lo podemos repetir en cualquier lugar donde nuestros intereses estén en juego»; «nosotros jugamos el juego que queremos y con las reglas que nosotros ponemos»; «con nosotros no se juega».
Parece que para “ellos”, el margen de tolerancia es pequeño, y si bien no les molesta actuar dentro del campo de juego de una “democracia de baja intensidad”, no están dispuestos a tolerar una auténtica “independencia”, o “soberanía”. La vigencia de la vieja “teoría de la dependencia” no terminó con la cooptación de Fernando H. Cardozo, y si bien hoy muchos nuevos elementos deben incorporarse en el análisis, mucho de aquello debe todavía tenerse en cuenta.
Un cierto revuelo causaron los dichos del conocido ex director del Buenos Aires Herald, Robert Cox acerca del peronismo. El neófito (¿o nonato?) en democracia Samuel Gelblum pareció desconcertado por la defensa de Eduardo Aliverti del gobierno de Perón, o mejor, que manifestara su desacuerdo con Cox. En realidad, no sé si era sensato esperar otra cosa de Cox. Un liberal honesto, llamó –y llama- la intención en la Argentina por su actitud en la pasada dictadura, pero no porque se comparta o coincida con todo lo que dijo o piensa, sino porque como “liberal”, cree en la importancia y centralidad de la libertad, cosa obviamente ausente en las voces que se escuchaban en la dictadura genocida; pero como liberal, seguramente está en dificultades ideológicas de comprender el fenómeno del peronismo. Otro problema, es por qué los liberales argentinos no hablaron como lo hizo Cox, no tomaron claras posiciones como Cox, en especial sus colegas, esto es, la prensa. Pero ya señalé que Cox es un “liberal honesto”.
En una línea semejante, es curioso escuchar a periodistas, “liberales o pseudo”, hablar de Venezuela; también Cox lo hizo. El viejo “cuco” cubano de los ’70 parece ser hoy el “chavismo”. No voy a opinar sobre una realidad que desconozco, lo que sí puedo dejar claro es que no les creo a los MCS cuando “informan” sobre Venezuela. Lo cierto es que comparar a Chávez con Perón, Venezuela con Cuba, o chavismo con kirchnerismo me parece absurdo, falso, y tendencioso. Por no decir superficial. Pero –precisamente porque no les creo; y más aún, sospecho de sus intereses- debo decir que tengo tendencia a estar más cerca que lejos de Chávez, precisamente por eso.
Voces cercanas a la “ideología militar” quieren hacernos creer que los Montoneros están “dando vueltas”. Obvio que, por un lado, es un modo de decir que “el kirchnerismo quiere instalar en la Argentina la ideología marxista, apátrida, subversiva, terrorista que fue derrotada en los ’70”; y por otro lado, sirve como globo de ensayo -¿como Honduras?- para crear clima y –eventualmente- conquistar espacios. Es cierto que discursos como los de unos montoneros que dicen que “no hemos enterrado las armas” alientan este clima. La idea da para decirles a estos que las pueden enterrar bien, que no las necesitamos ni queremos, y que la democracia la vamos a defender sin su ayuda, gracias, que ya bastante mal hicieron contra la democracia en el ’76. Pero después uno también se pregunta si los genocidas, enterraron las armas, y ciertamente escuchar las declaraciones –como las recientes de Videla- que repiten una y otra vez que lo volverían a hacer, sólo dice que no lo han hecho. Y contra estas armas también debe defenderse la democracia. O mejor dicho: es contra estas armas que debe defenderse, porque estas son las que les han sido entregadas en nombre de la patria, del pueblo, de la Nación.
Claro que no es fácil entender qué decimos al decir “democracia”. Democracia decían los griegos, cuando para ellos el “pueblo” eran cinco gatos de la elite; democracia dijo Bush que implantaría en Irak, curiosamente sin consultar al pueblo; “democráticos” se llaman algunos estados comunistas; “democracia universal” se dijo, aunque la mujer no tenía acceso al voto, para poner algunos ejemplos. No parece demasiado discutible afirmar que el término es “polisémico”. Muchos cuestionan el “populismo”, y desprecian profundamente al “pueblo”, pero se llaman a sí mismos “demócratas”. Creo que aquí radicaba el problema con la definición de Cox. Es muy difícil afirmar que Perón –y el peronismo- no eran democráticos en cuanto que fueron elegidos por el voto popular. El golpe del ’55 lo que afirmaba era que no se respetaba “las minorías”, no que no tenía apoyo de las “mayorías” (curiosa “democracia” en la que las “minorías” derrocan la voluntad de las “mayorías”). La referencia a “caudillos” ¿puede considerarse algo “no popular” o “anti popular”?; que para cierta mentalidad liberal el caudillo sea algo cuestionable, no niega su raíz popular y –por lo tanto- en un profundo sentido “democrático”. ¿Alguien que conozca el fenómeno zapatista en México se atrevería a decir que no son democráticos? (“aquí el pueblo manda y el gobierno obedece”, se trata de “mandar obedeciendo”). Seguramente esto no será del agrado de Cox, pero es otro tema.
Es verdad que hay muchas y diversas maneras de entender la democracia. Obviamente, la nuestra se guía por una Constitución que señala los marcos de referencia de esta democracia. En lo personal, no estoy de acuerdo con algunos aspectos, o ciertos puntos, pero este es nuestro marco, y con este nos debemos guiar mientras no se haga una reforma. Y guiándonos con este marco, se fortalecerá la democracia. Porque es evidente que hay muchos elementos o aspectos que no se cumplen. En lo personal creo que tenemos una democracia tutelada, donde “el capital” marca límites, agenda, leyes, o hace tambalear gobiernos, jueces o ministros. No es fácil para un gobierno, un legislador o un juez enfrentar el poder económico. Basta mirar la reacción que provoca en tantos la propuesta de “participación de las ganancias de las empresas”. El término es constitutivo de la doctrina social de la Iglesia desde los orígenes, pero los obispos callan, Infobae habla de “ley anti-empresa” (que recuerda la presentación de la ley de medios como “ley mordaza”), y Méndez habla de cubanización o chavismo. La oposición calla –como los obispos- y aparecen remedos de aquel “viva el cáncer” aludiendo a la carótida.
Hoy sabemos bien que el golpe genocida del ’76 contó con un globo de ensayo: en las bandas armadas, con la Triple A; en el golpe, con el amago del brigadier Orlando Capellini y en lo económico con Celestino Rodrigo. Pero lo que es más claro que es que el golpe fue para instaurar un modelo económico. Más grave que los desaparecidos, las torturas y toda la violencia genocida, fue la instauración de un modelo económico, como lo reconoce la célebre carta de Rodolfo Walsh. Y es evidente que esos mismos que alentaron el golpe seguirán impulsando o ejerciendo su poder ante cualquier amago de “populismo”; sea Techint en Venezuela, Clarín y Papel Prensa, la Sociedad Rural y tantos que “soportan una democracia” mientras puedan seguir sin ser molestados. Creo que el modelo económico no cambió, aunque es evidente que todo cambio menor o grande genera interminables conflictos en los que los poderosos “ponen toda la carne al asador”: sea la 125, la ley de Medios o Papel Prensa, sea Kraft, las AFJP, Aerolíneas, la participación en las ganancias, la renta financiera, la Asignación universal por hijo, etc…
Y en este contexto, resulta extraño (o no) escuchar a algunos que parecían ser “progres” hablando de la dictadura (“basta con este tema”; “ya no tenemos que hablar de los ‘70”). No sé si ellos creen que ya hemos cerrado y terminado con los efectos de la dictadura, pero no sólo hay juicios pendientes, nietos sin recuperar (¿no, Ernestina?), sino un modelo económico impuesto a sangre y fuego del que no es fácil salir, y del que la oposición, los empresarios y una parte importante del poder mediático parece hacer lo posible para que las cosas queden como están. O quizás se cansaron ya del juego de “rebeldes progres” y ahora “vamos a hablar en serio”. Y para hablar bien en serio, nada mejor que seguir el son del Clarín, en defensa de La Nación y bien alimentados en la mesa de Magnetto (o de Carrio, que no es distinto).
Eduardo de la Serna
sábado 4 de septiembre de 2010
Comparto las reflexiones de Ratzinger en 1968
Juan Cejudo, 25-Agosto-2010
Recordamos todos aquel año 1968 en que se hicieron famosas las revueltas estudiantiles con manifestaciones masivas, barricadas y protestas generalizadas en la calle que pusieron en jaque mate al Estado francés especialmente, aunque aquel espíritu de reformas profundas se extendió por medio mundo. Era famoso uno de aquellos lemas: “seamos realistas, pidamos lo imposible”.
Al año siguiente en 1969, el hoy Papa Benedicto XVI, entonces teólogo Ratzinger, de 42 años, hacía unas muy interesantes manifestaciones por radio. Merece la pena volver a leerlas hoy. Decía Ratzinger:
“Después de las actuales crisis, la Iglesia que surgirá mañana tendrá que ser despojada de muchas cosas que ahora todavía mantiene. Será una Iglesia bien más pequeña. Y tendrá que recomenzar como lo hizo en sus principios. Ya no tendrá condiciones de llenar los edificios que han sido construidos en sus periodos de gran esplendor.
Con un número bien menor de seguidores, perderá muchos de los privilegios que ha acumulado en la sociedad. Al contrario de lo que viene aconteciendo hasta el presente momento, ella surgirá mucho más como una comunidad de libre opción… Siendo entonces una Iglesia menor, va a exigir mayor participación y creatividad de cada uno de sus miembros.
Ciertamente aprobará formas nuevas de ministerios; convocará al presbiterado cristianos comprobados que ejercen simultáneamente otras profesiones… Todo eso va a tornarla más pobre; será una Iglesia de gente común. Claro está que todo eso no va acontecer de un momento a otro. Va a ser un proceso lento y doloroso”.
(Titulo artículo: EL JUICIO AL PAPA BENITO XVI Autores: Jeff Israely y Howard Chua-Eoan.Fuente: Time Magasin, 31 de Mayo 2010)
Realmente es lo que pienso hace mucho tiempo (y seguro que muchísimos cristianos como yo): la Iglesia hoy con sus templos mastodónticos, seminarios inmensos, conventos y casas de religiosos que han quedado medio vacíos o en ruinas, responde a una Iglesia propia de otro tiempo.
El grupo de los creyentes, de los que se toman en serio el Evangelio deberá de ser necesariamente más pequeño. No harán falta esas estructuras propias de los tiempos medievales y del nacionalcatolicismo que hoy no tienen sentido. Y debe despojarse de muchas cosas que hoy no le son necesarias.
Deberá perder y renunciar explícitamente a los privilegios de épocas anteriores, aunque aún le queda muchísimo que hacer en este sentido, como la renuncia a los actuales Acuerdos Iglesia – Estado que se gestaron en la época franquista aquí en España.
Sus miembros, en número mucho menor, deberán ser mucho más activos y dinámicos. Por eso habrá que pasar de la categoría clérigos-laicos a la de una igualdad dentro de la comunidad cristiana, con carismas y cualidades distintas al servicio de todos.
Serán necesarias por tanto, nuevas formas de ministerios a los que podrán acceder personas de profesiones muy variadas (aunque Ratzinger no lo dice expresamente, se supone que esos profesionales estarían muchos de ellos casados y con sus familias)
Y será una Iglesia más pobre, formada por gente sencilla..donde no se valorará el dinero ni el poder, tampoco una exquisita preparación intelectual. Sólo la madurez cristiana y la entrega a los demás, especialmente a los que están más marginados en la sociedad.
¿Quien no apoya estas afirmaciones de Ratzinger? En una palabra, será una Iglesia mucho más evangélica, más de acuerdo con lo que Jesús quiso para aquel movimiento de seguidores que siempre iban con él y para los que le siguieran en el futuro.
Pero es triste comprobar que estas magníficas palabras de Ratzinger las haya olvidado Benedicto XVI. Sería de desear que aún ahora con 83 años tuviera el coraje de impulsar las reformas necesarias y profundas que la Iglesia necesita para responder a las necesidades del Mundo de hoy .
Cádiz 14 de Agosto de 2010
JUAN CEJUDO es miembro de MOCEOP u de Comunidades Populares.
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teólogos
sábado 8 de mayo de 2010
Historia del muñeco de sal

Leonardo Boff, 07-Mayo-2010
En los últimos tiempos hemos dedicado nuestras reflexiones casi exclusivamente a las cuestiones ambientales y a los desafíos que el cambio climático implica para el futuro de nuestra civilización, para la producción y el consumo.
No por eso debemos descuidar los problemas cotidianos, la construcción continuada de nuestra identidad y el moldeado de nuestro sentido de ser. Es una tarea que nunca termina. Hay en ella varios retos, dos de los cuales nos desafían permanentemente y debemos encararlos: la aceptación de los propios límites y la capacidad de desapegarse.
Todos vivimos dentro de una situación existencial que, por su propia naturaleza, es limitada en posibilidades y nos impone barreras de todo tipo, de lugar, de profesión, de inteligencia, de salud, de economía, de tiempo. Entre el deseo y su realización siempre hay un desfase. A veces nos sentimos impotentes ante hechos que no podemos cambiar, como la presencia de un esquizofrénico con sus altibajos o la de un enfermo terminal. Tenemos que resignarnos ante esa limitación ineludible. No por eso tenemos que vivir tristes o impedidos de crecer. Hay que ser creativamente resignados. En vez de crecer hacia fuera podemos crecer hacia dentro, en la medida en que creamos un centro donde todas las cosas se unifican y descubrimos cómo de todo podemos aprender. Bien decía la sabiduría oriental: «si alguien siente profundamente al otro, éste lo percibirá aunque esté a miles de kilómetros de distancia». Si te modificas en tu centro, nacerá en ti una fuente de luz que se irradiará a los demás.
La otra tarea de la autorrealización es la capacidad de desapegarse. El budismo zen coloca como test de madurez personal y libertad interior la capacidad de desapegarse y de despedirse. Si nos fijamos bien, el desapego pertenece a la lógica de la vida: nos despedimos del vientre materno, después, de la niñez, de la juventud, de la escuela, de la casa paterna, de los parientes y de la persona amada. En la edad adulta nos despedimos de trabajos, de profesiones, del vigor del cuerpo y de la lucidez de la mente, que irrefrenablemente se van desgastando hasta despedirnos de la propia vida. En estas despedidas vamos dejando atrás un poco de nosotros mismos.
¿Cual es el sentido de este lento despedirse del mundo? ¿Mera fatalidad irreversible de la ley universal de la entropía? Esta dimensión es indiscutible, pero ¿no será que guarda un sentido existencial, que ha de ser buscado por el espíritu? Si fenomenológicamente somos un proyecto infinito y un vacío abisal que clama por plenitud, ¿ese desapegarse no significa crear las condiciones para que un Mayor venga a llenarnos? ¿No será que el Ser Supremo, hecho de amor y bondad, nos va quitando todo para que podamos ganar todo, más allá de la vida, cuando finalmente descansará nuestra búsqueda?
Al perder, ganamos, y al vaciarnos, nos llenamos. Hay quien dice que esta fue la trayectoria de Jesús, de Buda, de Francisco de Asís, de Gandhi, y de la Madre Teresa, entre otras personas.
Tal vez una historia de los maestros espirituales antiguos nos aclare el sentido de esta pérdida que se transforma en ganancia.
«Había una vez un muñeco de sal. Después de peregrinar por tierras áridas llegó hasta el mar, que nunca antes había visto y por eso no conseguía comprenderlo. El muñeco de sal le preguntó: «¿Tú quién eres?» Y el mar le respondió: «Soy el mar». El muñeco de sal volvió preguntar: «¿Y qué es el mar?» Y el mar contesto: «Soy yo». «No entiendo», dijo el muñeco de sal, «pero me gustaría mucho entenderte. ¿Qué puedo hacer?» El mar simplemente le dijo: «Tócame». Entonces el muñeco de sal, tímidamente, tocó el mar con la punta de los dedos del pie y notó que aquello empezaba a ser comprensible, pero luego se dio cuenta de que le habían desaparecido las puntas de los pies. «¡Uy, mar, mira lo que me hiciste!» Y el mar le respondió: «Tú me diste algo de ti y yo te di comprensión. Tienes que darte todo para comprenderme todo». Y el muñeco de sal comenzó a entrar lentamente mar adentro, despacio y solemne, como quien va a hacer la cosa más importante de su vida. A medida que iba entrando, iba también diluyéndose y comprendiendo cada vez más al mar. El muñeco de sal seguía preguntando: «¿Qué es el mar?». Hasta que una ola lo cubrió por entero. En el ultimo momento, antes de diluirse en el mar, todavía pudo decir: «Soy yo».
Se desapegó de todo y ganó todo: el verdadero yo.
Leonardo Boff es autor de Tiempo de Trascendencia, Sal Terrae
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teólogos
miércoles 5 de mayo de 2010
TENGO UN PROBLEMA CON LA "LIBERTAD"

Como tantas palabras que tienen diferentes sentidos según se las pronuncien -«polisémicas» las llaman los que hablan difícil- la palabra libertad la usan todos, pero dudo que quiera decir siempre lo mismo. Desde el extremo de "hacer lo que quiero" hasta el "hacer lo debido", quedan en el medio muchas variantes y posibilidades.
Estando en una sociedad "liberal" (¿de qué «libertad» habla esa sociedad?), se da por supuesto que la libertad debe "imperar" para que las cosas estén bien. Y algo, o todo, está mal, cuando no hay libertad. Y para empezar bien provocativamente, me pregunto "¿qué posibilidad tienen de ir a Europa la gente de Solano? ¡Ninguna! No tienen «libertad» de ir por cuestión de dinero. La libertad o no, al menos entendida como posibilidad, está dada por el dinero, poderoso caballero. Los pobres, no pueden salir del país (casi como Cuba, ¿vio?). Del mismo modo que no pueden competir los microemprendimientos con las Multinacionales, ¿qué posibilidades de "libre" oferta y demanda tienen los pequeños frente a los poderosos? ¡Ninguna! Y otra vez hablamos de dinero.
¿Y qué decir de la «libertad de expresión»? Esa a la que todos tienen derecho según la Constitución. ¿Qué posibilidades tienen de expresarse los pobres en Solano? ¡Ninguna! Si hasta cuando se cansan de inundarse, de los cortes de luz o del gatillo fácil y hacen un corte del puente del arroyo Las Piedras los tratan de "negros" que impiden "mi libertad" de moverme.
Pero, ¿cómo? Si los pobres -esos que los medios, cuando les conviene y los tienen en cuenta, se ocupan de decir que han crecido- no pueden expresarse, ¿qué es la "libertad de expresión"? ¿O es solamente que los poderosos puedan decir lo que quieran? ¡Si lo hacen! ¡Si hasta pueden ir al Senado y les dan micrófono!
Dejo de lado la pregunta ¿quién los hizo?, aunque si aplico lo que me enseñaron en la militancia de los ‘70 de mirar a quién perjudica y a quién beneficia puedo sospechar quién hizo esos afiches lamentables. Dejo de lado que parece que está mal que los periodistas que están en un canal público cobren, como si los que están en los canales privados no cobrasen. Dejo de lado que nadie se molestaba cuando el canal 7 simplemente no existía Carlos Saúl mediante, y nadie celebra que ahora sea un canal que puede verse. Dejo de lado la pregunta de por qué algunos periodistas dejan canales como TN para pasar al 7. Dejo de lado el silencio de muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras por el periodismo perseguido y nada dijeron por los periodistas desaparecidos; o callaron cuando Liliana López Foresi fue silenciada y censurada desde el menemismo a la fecha. Dejo de lado todo eso (aunque, ¿por qué debería dejarlo de lado?), y hasta dejo de lado una posible analogía del periodismo como una suerte de "sacerdocio laico", con sus púlpitos, su ‘palabra santa’, su intocabilidad (si hasta me acuerdo que en el viejo Código de derecho canónico uno quedaba excomulgado si le pegaba a un cura). Y así como celebro que sean investigados y condenados los curas pederastas, y no olvido que el tema de los "abusos" no es sólo un tema sexual sino también -y sobre todo- un tema de "poder", pues del mismo modo creo que estamos ante una pérdida de "poder" de parte de algunos intocables, inmaculados y sagrados personajes de la prensa. Si hasta dicen que Mariano Grondona fue seminarista. Y la verdad (y no me meto en las discusiones sobre el "poder" como las usa el feminismo, Foucault o Hanna Arendt; las uso en sentido popular), pues la verdad, me alegra que todo el periodismo pierda poder. Y que perdido el poder, tenga credibilidad por la "autoridad" que tiene la historia de cada uno o cada una. Y que se les crea o no, porque la historia los avala. Si para eso sirve un "juicio" simbólico, como el que hicieron las Madres, pues, bienvenido sea.
Al fin y al cabo, ya que -por ahora- no me dan la «libertad» de poder ver canales como me gustaría -la Mendoza de Cobos, de Vila y Manzano mediante-, al menos quiero ejercer la «libertad» de saber quién es cada uno o cada una y poder elegir no escucharlos, no verlos sencillamente porque tengo la libertad de no creerles nada y correr por un paraguas cuando dicen "buen día".
Eduardo de la Serna
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IGLESIA EN ARGENTINA
lunes 26 de abril de 2010
Carta al Cardenal Claudio Hummes

Emmo. Sr. Cardenal Claudio Hummes, Arzobispo Emérito de São Paulo
Prefecto de la Congregación para el Clero
Agradezco la invitación que Ud. está haciendo a mi persona junto con todos los presbíteros en la Iglesia para participar en una concentración masiva de sacerdotes en Roma para los días 9, 10 y 11 del próximo junio para concluir el Año Sacerdotal; con todo respeto, quiero exponerle las siguientes consideraciones.
Mis ingresos como sacerdote, no me permiten, de ninguna forma, hacer un gasto tan dispendioso; no se cómo otros lo pueden hacer pero se que al fin y al cabo, de una o de otra manera “Dios provee” para los que si estén dispuestos a asistir.
Por otra parte, la Iglesia no se mueve por masas y números sino por la dignidad de una vida recta, por lo que el Santo Padre podría enfrentar él solo “los injustos ataques de los que es víctima” si es que sabe que nos tiene de su lado, aunque no estoy seguro que sea así por los argumentos que expongo a continuación:
1o. La jerarquía desde una posición de poder pensó que podría manejar atropellos que no sólo eran de competencia eclesiástica sino del ámbito jurídico-penal en los diversos pueblos y Estados donde la Iglesia se encuentra inserta. Es necesario modificar esa actitud equivocada de poder, reconocer los hechos y hacer lo conducente para resarcir el daño dentro del ámbito propio en cada uno de los Estados que lo están requiriendo respetando las autoridades constituidas, de otra manera, la Iglesia no será creíble.
2º. Desde esa misma situación de poder, la jerarquía no ha sido “atenta a todo aquello que el Espíritu Santo quiere comunicarnos”. Desde esa situación de poder la jerarquía que “oculta y minimiza los crímenes” tampoco ha respetado los procesos de fe propios de los pueblos y culturas sino que los atropelló. Desde esa situación, de poder la jerarquía no sólo no respetó las enseñanzas y directrices del Concilio Vaticano II sino que impidió a la Iglesia entrar en una reforma de la disciplina sacramentaria que respete a las personas y a los pueblos y los conduzca a la madurez.
Ud. dice: “algunos presbíteros (proporcionalmente muy pocos)” han atropellado la integridad de menores, pero me parece que la jerarquía igualmente atropelló a la Iglesia dado que la reforma litúrgica permanece todavía con los parámetros del Concilio de Trento aferrados a una falsa posición de poder respecto de los pueblos y Estados como si todavía la Iglesia estuviera avalada por el imperio en el que todo debe ser forzoso imponiendo criterios desde una perspectiva “teológica” que no respeta la base antropológico-cultural de los pueblos y personas.
Aferrándose a Trento, no se ha querido entender la nueva posición de la Iglesia en el mundo actual que Pablo VI expuso en la Eclesiam Suam previamente al Concilio: la Iglesia ya no se ve a si misma como una barca en la que todos tienen que entrar si no quieren condenarse; Pablo VI y el Concilio Vaticano II propusieron que la identidad de la Iglesia en el mundo actual es de Columna de la Verdad respecto de la cual sitúa todo lo humano; Respetar a los pueblos, culturas y personas en una reforma litúrgica ajustada al Concilio Vaticano II, a mi ver, sería vg. instituir el catecumenado como ordinario y regular en un proceso hacia el bautismo para que sea realizado hasta una adultez consciente; se acepte el matrimonio según usos y costumbres de los pueblos como un estadio válido dentro de un proceso hacia el sacramento; se instituya el celibato opcional y los sacerdotes casados; etc., etc.
Apoyados todavía en los parámetros de Trento, la jerarquía no ha querido reestructurar la disciplina sacramental sino que ha insistido en mantenerla oponiéndose al crecimiento en una fe adulta de las personas, las comunidades y los pueblos.
3º. Por los dos puntos anteriores expuestos, me parece, necesario que antes de esa concentración masiva que Ud. propone como invitación de Benedicto XVI, la jerarquía “no esconda ni minimice tales crímenes”. Si esa concentración de sacerdotes no es en el contexto de decisiones y acciones ya realizadas, considero que participar en esa concentración masiva de presbíteros en la plaza con el Papa en junio próximo, sería avalar la posición de poder que solapa la injusticia sin encararla de frente ante los pueblos y los Estados exponiéndonos a todos los presbíteros, principalmente a los asistentes, a una situación de encubrimiento.
Que las gracias de este Año Sacerdotal nos lleve a discernir con valentía y como Iglesia lo que el Señor Resucitado quiera para nosotros. Respetuosamente le doy las gracias por su atención, le pido disculpas, agradezco su invitación, me encomiendo a sus oraciones.
Pbro. Jorge Armando Martínez Soto, incardinado a la Arquidiócesis de Hermosillo (México)
PUBLICADO POR REDES CRISTIANAS
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BENEDICTO XVI
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